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vida y anecdotas de los santos ESA MARAVILLOSA
GENTE "HUMILDE" El santo obispo Francisco de Sales admiraba la santidad de las modestas aldeanas, que con la sencillez de su corazón, daban a Dios el fiel testimonio de su amor mediante la aceptación generosa de los deberes que su estado les imponía. «Pronto
os enviaré -escribía a la Sra. de Chantal-
el resumen de la vida de una santa campesina de mi diócesis, casada, y que a
sus cuarenta y ocho años nos ha dejado todas las señales de una vida de
perfección en lo interior y en lo exterior; porque ella ha sido una Mónica en
su familia y una Magdalena en la oración».'' Os digo la verdad-añadía el
obispo-, hay un no sé qué de bueno en esa pequeña historia de una mujer
casada, que tuvo la benevolencia de ser una de mis grandes amigas y que muchas
veces me encomendó a Dios» .«¡Oh, hija mía! -concluía-, ¿por qué no
seremos santos teniendo tantos ejemplos cerca y lejos, en la ciudad y en el
campo? Todo nos habla a favor de la santidad y, sin embargo, vacuos muy lentos
hacia ella. Esta idea me deja muy confundido».De hecho, él mismo se acusaba de
tibieza en el cumplimiento de los deberes de su cargo y confesaba «ser muy poco
diligente en la búsqueda de sus ovejas». Con ocasión de la visita pastoral que hizo en 1606 a las parroquias de su diócesis, comentaba que entre «montes que aterraban, cubiertos por espesos hielos», había visto «maravillas en esos lugares: valles llenos de casas y montes totalmente cubiertos de hielo». Y se decía a sí mismo: «Las pobres viudas y las pobres campesinas son fértiles como los hondos valles; y los obispos, tan encumbrados en la Iglesia de Dios, ¡están completamente helados! ¡Ay!, ¿dónde habrá un sol lo suficientemente fuerte para fundir el hielo que a mí me congela?». Estas reflexiones se le suscitaron con motivo de un accidente, cuyo solo relato le hacía «estremecer las entrañas de temor»: «Unos ocho días antes de llegar a la región de los hielos, un pobre pastor que andaba buscando una vaca que se le había perdido, dio un paso en falso y cayó en una sima muy profunda. Nunca se hubiera sabido de él, a no ser por el sombrero, que, al caerse el pastor, se quedó enganchado en el borde de la sima, indicando así el lugar de su desaparición. Y, ¡oh, Dios!, he ahí que uno de sus vecinos, que se había prestado a que le bajasen con una cuerda para ir a buscarlo, lo encontró no ya muerto, sino casi convertido en un témpano de hielo. En ese estado, se abrazó a él y gritó que tiraran de la cuerda enseguida, para no morir él también congelado. Y lo izaron con el muerto entre sus brazos... ¡Qué aguijón fue esto para mí, mi querida hija! Ese pastor corriendo por lugares tan peligrosos, sólo por una vaca; esa caída terrible sufrida en el ardor de la búsqueda, mientras piensa más en el animal y dónde habrá ido, que en dónde ponía los pies él mismo; la caridad de ese vecino que se descuelga al abismo buscando a un amigo, para sacarlo de allí; ¿no deberían esos hielos congelarse de temor o arder en amor ante ese espectáculo?" vida y anecdotas de los santos
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