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vida y anecdotas de los santos

LA FUGA DE FRAY JUAN
(Juan de la Cruz)

 Fray Juan, el «medio fraile» de Santa Teresa, acaba de asomarse a la ventana de arco del convento que da al Tajo y vuelve a calcular mentalmente la altura que tiene que descender con el atadijo de tiras de manta que se ha hecho y el salto -metro y medio- que tendrá que dar aún, cuando su apaño se acabe. Sabe que tendrá que saltar con mucho cuidado de quedar bien pegado a la pared, pues, si lo hace un par de varas más allá, rodará por la pendiente rocosa de la cuenca del río. Atrás van a quedar los nueve meses en los que le mantuvieron encerrado no en una cárcel, sino en una cueva de seis pies de ancho por diez de largo, y que no tenía más luz que un ventanuco de muy pocos centímetros, abierto allá arriba, lejos de su alcance. Allí ha vivido esos nueve meses; allí ha hecho sus necesidades; allí ha comido su ración de pan y agua con alguna que otra sardina, sin poder cambiarse siquiera de ropa; allí ha pasado las heladoras noches toledanas en invierno y el calor sofocante de los últimos días del verano. Ni siquiera ayer, que era el día de la Asunción, le han concedido el placer de poder decir misa. Y esto último es lo que ha precipitado la decisión del fraile: hay que huir de esta prisión, huir como sea.

Por eso está ahora frente a esta ventana en una noche de alta luna. Se asegura de que en uno de los bolsillos de su hábito va su único tesoro; esos papeles en los que, con un lapicero, ha podido copiar unas canciones de amor sagrado que fue componiendo en los días de máxima amargura.

Y es que este fray Juan de la Cruz, en lugar de dejarse llevar por la tristeza o el resentimiento, ha dedicado sus largas horas de soledad a escribir, primero mentalmente, después por la bondad de un carcelero que le presta papel y lápiz, por escrito, por si la traidora memoria traspapela algún adjetivo. Esos papeles son, él no lo sabe ni siquiera lo sospecha, la página más hermosa que escribió jamás la poesía castellana, unos «versillos» ante los que -sólo que muchos siglos más tarde- se extasiarán las generaciones. Ahora van allí, arrebujados en el bolsillo del hábito del fraile.

Hábito del que ahora se desprende para bajar mejor, medio desnudo, por la trenza que ha hecho con sus mantas cortadas a tiras. Hábito que volverá después a ponerse, temblándole aún el corazón, después de la peripecia del salto.

Tras pasar el resto de la noche en un portal que tiene la caridad de prestarle un caballero, podrá muy de mañana llamar a la campanilla de «sus» monjas. Las monjas al verle se asustan: tan macilento está, tan sin fuerzas hasta para hablar. Temen las monjas que se les muera de un momento a otro; mas como presienten que sus carceleros, estarán a estas horas buscándole ya por todas partes, sin acordarse siquiera de darle de comer, cuidan, ante todo, de ocultarle. Y vienen, efectivamente, sus guardianes y registran minuciosamente convento e iglesia, pero las monjas son suficientemente listas como para ocultarle.

Al fin,  pasado el mediodía,  a través de las rejas, les habla  de su aventura espiritual de estos nueve meses. Y sólo ahora recuerdan que por fuerza ha de estar hambriento. Pero ¿qué prepararle a este estómago que durante nueve meses no ha salido del pan y las sardinas? Ante un plato de peras con canela, que permanece olvidado junto a la reja que separa la iglesia del coro de las monjas, se oyeron por primera vez aquellas palabras milagrosas:

"Oh llama de amor viva que tiernamente hieres... O las de aquel alma que se volvía a su Dios clamando: ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?"

Y, mientras el fraile recita mansamente sus poemas, hay una monja que los va copiando. Y toda la comunidad está de acuerdo en que «era un gozo el oírle».

 ¿Por qué se ha contrapuesto con, tanta frecuencia a Juan de la Cruz con Francisco de Asís, cuando sería tan difícil averiguar quién de los dos gana en ternura, en tener el corazón de cristal para los demás, dejando sólo para sí mismo las disciplinas y las durezas de la subida al Carmelo?

Bien lo entendió aquella liebre de la Peñuela que, durante el incendio que se produjo en aquel lugar, junto al convento de los descalzos, huyendo del fuego, se fue a refugiar «en la falda del hábito del padre Juan», y cuando otros religiosos «la cogieron, teniéndola por las orejas, por dos veces se les huyó, y se iba donde estaba el dicho Santo y se echaba en su falda». ¡Y qué envidia tengo yo de aquella liebre!

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