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María entre nosotros

 

 

 

Virgen María

UNA DEVOCIÓN MARIANA MEJOR Y MÁS HONDA

Hay muchos cristianos preocupados por el presente y futuro de la devoción y el cariño a la Virgen. Contemplan cómo en muchas parroquias, en las que habitualmente se rezaba el rosario por las tardes, éste parece haber desaparecido. Ven cómo muchos se ríen públicamente de la idea del rosario en familia o comprueban que es ya imposible conseguir de la mayoría de los jóvenes que quieran rezarlo. Señalan que incluso en los púlpitos se habla de la Virgen con menos frecuencia y pasión que antiguamente.

Y tienen buena parte de razón al señalar estos y otros síntomas de lo que llaman la «crisis de la devoción mariana». Pero, por otro lado, también existen otros síntomas de que el amor a María está fuertemente arraigado en el pueblo católico.

Pero hay  muchos otros síntomas, por los que yo no me atrevería a cantar precipitadamente el réquiem por la devoción mariana. Está viva, verdaderamente viva. ¡Y ay si no lo estuviera! ¡Sería un síntoma de que la propia Iglesia estaba agonizando o debilucha!

Por fortuna hay que decir que se equivocan quienes dicen o creen que el Concilio Vaticano II puso sordina o arrinconó la devoción a la Virgen. ¡Qué disparate! En realidad  ningún otro concilio de la historia ha dedicado a María páginas tan hermosas e importantes como el Vaticano II.

Lo que sí pidió el Vaticano II fue una mayor purificación de la devoción a María, cuando pidió a los cristianos que huyeran «tanto de toda falsa exageración, como también de una estrechez de espíritu al considerar la singular dignidad de la Madre de Dios».

Pablo VI concretó más estas directrices en una preciosa encíclica, la Marialis cultus, que desgraciadamente muchos no han leído.

En ella pedía que se limpiase la devoción mariana:

-de elementos caducos y de ciertas prácticas de culto insuficientes e inadecuadas;

-de una desmedida búsqueda de novedades o de hechos extraordinarios;

-de una visión puramente sentimental de María;

-de la tendencia a separar a la Virgen de su necesario punto de referencia: Cristo;

-de una devoción que se basara más en lo emotivo que en la imitación de María.

La Iglesia no nos pide, pues, menos devoción a María. Sino una devoción mejor y más honda. Porque no puede decir que quiere mucho a la Virgen quien luego no vive como ella, quien no lucha cada día por parecerse a ella.

No se trata, pues, de arrinconar su devoción, sino de reformarla mejorándola.

Ojalá cada uno de ustedes examine su conciencia y se pregunte: ¿Cómo voy yo en mi cariño a María?

Porque si ese cariño falla, es que algo falla en su fe, o algo falla en su corazón.

  Virgen María