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TRAS UNA PEREGRINACIÓN A LOURDES Carmencita fue una niña un poco caprichosa y algo consentida; nació cuando sus dos hermanos eran ya jóvenes adolescentes, y sus padres condescendieron con las travesuras de la pequeña de la familia. Más tarde creó su propio hogar y vio nacer a sus cuatro hijos. Fue en ese momento de su vida, con 38 años ocupada en el negocio familiar con orgullo y carácter, cuando los primeros brotes de su enfermedad se presentaron, mudándolo todo. A partir de entonces su existencia tomó un camino diferente, y quedaba condenada en muy poco tiempo a una completa inmovilidad de todas sus extremidades. Sin embargo, las leyes de la naturaleza son a veces contradictorias, y aquel cuerpo que menos actividad ofrecía y más inerte parecía ser, fue capaz de generar una milagrosa energía por efecto de una fe fortalecida, como la de san Pablo tras su caída camino de Damasco. Como ella decía muy a menudo: «Ya no puedo andar, pero nunca he dejado de caminar». Un hecho ayudó a cambiar su vida entonces, la peregrinación que realizó, ya enferma en el año 1981, a Lourdes. Carmen fue como una lente frágil de cristal, sin apenas peso y consistencia, pero incapaz de encender el fuego sólo con el reflejo de la luz solar. Ella transformaba delicadamente cada día el caudal de la fe que del cielo recibía, y conseguía dar luz y sentido a la vida de los que hemos estado a su lado. Algunas veces, cuando ibas a visitarla a su casa, te reclamaba al final un minuto sólo, para leerte alguna nueva oración que alguien le había llevado, algún poema maravilloso o, sencillamente, la estrofa de una canción que había aprendido uno de sus nietos. Nunca dejó de preocuparse por aquellos que conocía y de recordarlos en sus oraciones cuando entreveía algún problema. Cuando Carmen falleció los médicos no entendían cómo había logrado vivir durante 26 años con una enfermedad tan cruel como la esclerosis múltiple. La causa de que Carmen viviera, además plenamente, estos largos años, había sido, sobre todo, su fe en Dios Padre y en la Virgen María que nunca la abandonaron, y que la habían premiado con el don de volver a andar de nuevo, pero ahora ya eternamente... De José de la Torre Rodríguez
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