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María entre nosotros

 

 

 

Virgen María

SUFRIMIENTO Y OLVIDO

En 1953, la Iglesia de Polonia se echó a temblar ante la noticia de que Mons Baraniak había sido arrestado. Un mes más tarde, el cardenal Wyzinski se despertó en mitad de la noche por el sonido del timbre, y fue a abrir la puerta. Unos hombres armados se acercaron. El perro guardián se arrojó sobre uno de ellos y lo mordió en un brazo. El cardenal tranquilizó al perro, lo ató seguro y luego volvió para curar el brazo del herido... Al enterarse de lo que querían, pidió permiso para ir a despedirse de su padre que estaba en la habitación de al lado. Se lo negaron. Y subió a un furgón, que despareció.

Tras dos años de cárcel, lo dejaron en residencia vigilada en un lugar que cambiaban cada mes, pues por doquiera que pasaba los católicos iban a verlo, y si no podían se quedaban en los alrededores rezando. Después de tres años de peregrinar de esa manera, recobró la libertad en 1956. Al año siguiente, presidió el congreso eucarístico, y a partir de 1957 rigió la Iglesia de Polonia en calidad de representante del Papa. Lo llamaban «el hombre de la Providencia», y logró que se normalizasen las relaciones entre la Iglesia y el gobierno. Cuando le pedían que recordase algunos detalles de los períodos dolorosos de su vida, contestaba simplemente: «Se lo he confiado todo a María, y no quiero recordar el pasado. Caminemos hacía el futuro». El Papa Juan Pablo II, como respuesta a la felicitación que le envió el cardenal por su elección al Pontificado, le dijo: «Sin sus sufrimientos, no estaría hoy un hijo de Polonia en la Sede de Pedro».

Ningún sufrimiento puede compararse al de Cristo en la cruz, cuando, a punto de expirar, su alma se sintió abandonada incluso por el Padre. Sus palabras, en aquella hora, eran la expresión del mayor dolor que había sufrido en su vida: «Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?». Cuando lleguen los momentos más terribles y más oscuros de tu vida, únete a Jesús. Encontrarás la paz y podrás decir con él: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).

Virgen María