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REFUGIO DE PECADORES Lo mismo que en el Padrenuestro nos confesamos deudores ante el Padre Celestial, en el Avemaría nos declaramos pecadores ante nuestra Madre, la Virgen María. La viva conciencia de nuestra mísera condición y el espíritu de honda contrición nos acompañan siempre. Sin estas disposiciones no agradamos al Señor. Somos pecadores porque hemos pecado. Porque quizá seguimos pecando. Porque podemos pecar. Por eso acudimos a la Virgen María, refugio acogedor de los débiles, Mediadora universal de todas las gracias, sin cuyos ruegos no podemos tener ni vida limpia ni una muerte santa. Resulta inmensamente consolador saber y creer que Ella está en todo momento intercediendo por nosotros hasta nuestro último instante. En el pronombre plural "nosotros" nos hallamos todos los caminantes de este mundo peregrinos hacia la Casa del Padre, cada uno con su pesado fardo a cuestas, con sus infinitas debilidades, con sus incontables fallos, tentaciones y tristezas, con sus penas y pruebas. ¡Pecadores crónicos con un fatigante lastre de miserias! En la palabra «pecadores» poseemos nuestro verdadero carné de identidad con las huellas de todas nuestras ofensas al Señor, en pensamiento, palabra, obra y omisión. Pecamos con los sentidos, con todo nuestro ser, con todo nuestro «yo». María, la mejor de nuestra raza, nos conoce, nos compadece y socorre porque somos sus hijos. Al confesarnos pecadores ante la Virgen formulamos una conmovedora oración de humilde y ferviente solidaridad entre todos los hombres «porque todos hemos pecado» (Rom 5,12). Ante la Virgen María reconocemos humildemente la obra devastadora del viejo Adán y la misión reconciliadora del Nuevo Hombre Jesucristo. Al rezar el Avemaría no resbalemos nunca sobre la palabra «pecadores» pasándola ligeramente por encima, como si no nos afectara. Perderíamos entonces la preciosa ocasión de conseguir gracias y alcanzar méritos. No olvidemos que es la súplica de la reciprocidad pidiendo como hermanos en Cristo: los unos por los otros. ¡Ruega por nosotros, pecadores! En tan breve plegaria lo decimos todo, lo pedimos todo, lo esperamos todo, especialmente nuestra total transformación interior, mediante el ejercicio de las virtudes evangélicas: humildad de corazón, perfecta abnegación, oración continua y conformidad con la voluntad divina. |
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