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¿POR QUÉ EL ROSARIO SE LLAMA ASÍ? Hacia el siglo XIII comienza a usarse el nombre de Rosario para el Salterio de María. A ello contribuyeron muchas preciosas leyendas que identificaban las avemarías con rosas ofrecidas a la Virgen. De entre ellas quizás sea la más famosa la del caballero y la guirnalda de rosas: Un caballero tenía la costumbre de trenzar cada día una corona de flores para colocarla sobre la frente de una imagen de la Santísima Virgen. Al hacerse monje, como no tenía tiempo para recoger sus flores, llegó a pensar en abandonar el monasterio y volverse al mundo. Pero al conocer su proyecto un anciano monje, le disuadió, aconsejándole que rezase 50 avemarías, y asegurándole que con ello agradaría más a Nuestra Señora. El antiguo caballero siguió el consejo y perseveró en él. Mas un día en que en el curso de un largo viaje atravesaba un bosque, se acordó de que aún no había rezado sus avemarías. Se detuvo, ató el caballo a un árbol y se arrodilló a sus pies, comenzando su oración. Entonces unos ladrones que le venían siguiendo y le observaban desde lejos, corrieron hacia él para despojarle, pero al aproximarse vieron a una bella Señora ocupada en tejer una corona con las rosas que brotaban de la boca del monje, una por avemaría. Entretejida la corona, la colocó sobre su cabeza y se elevó hacia los Cielos. Intrigados los bandidos, interrogaron al monje sobre la Señora y las rosas. El monje, que nada había visto, no supo qué decirles, pero comprendió por sus explicaciones que la Santísima Virgen había querido protegerlo milagrosamente. La belleza de esta y otras leyendas hizo que a fines de la Edad Media la gente comenzara a llamar Rosario a este modo de hablar con la Virgen y a entenderlo como una sucesión de 50 avemarías, que, a manera de rosas engarzadas en una corona, ofrecemos a la Virgen María, nuestra amada, para demostrarle nuestro amor. También hoy podemos servirnos de esta bonita leyenda e imaginar que nuestras avemarías son hermosas flores que ofrecemos con cariño a Nuestra Madre. |
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