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María entre nosotros

 

 

 

Virgen María

LAS ERMITAS DE LA VIRGEN

El recorrido de norte a sur y de este a oeste por los países de larga tradición mariana ofrece ocasión de admirar por doquier estas ermitas: en las vegas y en las montañas, junto a los ríos y junto al mar, bordeando los pequeños núcleos urbanos y en parajes solitarios, al borde de las carreteras o en rincones casi inaccesibles..., pero siempre en lugares agradables y encuadradas en lo más bello de nuestros paisajes. Allí donde la geografía se engalana de alguna forma, allí hemos levantado una morada para Nuestra Señora. Muchas veces, pobres y sencillas, pero siempre entrañables en su conjunto de muros, espadañas, vegetación y luz.

Y la Virgen, desde esas ermitas, no se ha limitado a contemplar nuestro paisaje. Ha presidido también nuestra vida: nuestro nacimiento, nuestras enfermedades, nuestras alegrías, nuestras fiestas, la salida hacia otros horizontes y nuestros reveses... Cuando me acerco a una de esas ermitas, no puedo por menos de recordar que, sobre esa imagen, se han posado las miradas cariñosas, generación tras generación, de cuantos han nacido y vivido en esa población. ¡Cuántas cosas se han intercambiado con la mirada, con las palabras, con los silencios!

Esta relación entre nuestros pueblos y la Virgen no es algo que pueda calificarse de sentimentalismo. Ha sido, y es, Fe que se ha hecho vida en múltiples virtudes. La sencillez, la fidelidad, el espíritu de sacrificio, la alegría, la convivencia, la hospitalidad... tienen mucho que ver con las virtudes de Santa María.

En estos momentos en que la evolución ha hecho cambiar muchas cosas, es bueno recordar a todos, estén donde estén, que en muchos  pueblos y ciudades se ha querido mucho a la Virgen. Y pedirles que recojan la antorcha de esta devoción y la mantengan viva, y la pasen a sus hijos y la inicien allá donde aún no ha comenzado. Es una hermosa tarea que vale la pena sacar adelante.

Virgen María