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María entre nosotros

 

 

 

Virgen María

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA, HISTORIA Y SIGNIFICADO

La Virgen de agosto, como se llama popularmente a esta festividad, celebra la Asunción de Nuestra Señora. 

Allá por los años 500 después de Cristo la Iglesia Oriental celebraba el 15 de agosto la fiesta de la Dormición de María, su «caer dormida» en el Señor. Al final del siglo octavo la fiesta se celebraba en toda la Iglesia Oriental. 

Hacia la mitad del siglo octavo san Juan Damasceno, en tres magníficas homilías sobre la Dormición de María, resume la fe y doctrina tradicional de la Iglesia Oriental y Occidental en relación a la gloriosa Asunción y mediación de gracias en los cielos. 

En la Edad Media abundan los testimonios teológicos e iconográficos,  Mantegna, por ejemplo, es uno de los que pinta admirablemente la Asunción, con María coronada de estrellas, en el fresco que preside la capilla Ovetari de Padua (en el Prado está también su severo Tránsito de la Virgen, la anciana que acaba de expirar; toda serenidad, entre los apóstoles, ante un paisaje con un puente, barcas y nubes como almohadones a los pies de Dios)

Las controversias de la edad moderna sobre todo la oposición de los jansenistas, siempre tan poco marianos y tan poco católicos, hizo surgir un ejército de defensores de este privilegio de la Virgen: Suárez, Bossuet, san Francisco de Sales, san Alfonso María de Ligorio. Los pintores. ahora espléndidos de pompa triunfal, se llaman Rafael, Murillo, Tiziano, Rubens...

Así pues, muchos siglos de fe y devoción fueron coronados cuando la doctrina de la Asunción fue formalmente definida por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950. Como todas las gracias especiales y privilegios otorgados a María por los méritos y el amor de Cristo, la Asunción no separa a María sino que la une más íntimamente con cada uno de nosotros. Lo mismo que Jesús no nos abandonó al ascender al cielo sino que continuamente envía a su Espíritu Santo para sostener a su Iglesia también María, en su Asunción, no ha sido separada de nosotros, sino que, por el contrario, sigue como un signo de segura esperanza de que cada uno de nosotros es llamado a participar, como ella, en la plenitud de la gloria de Cristo. Ella es el modelo de todo lo que la Iglesia y la humanidad espera llegar a ser en los cielos.

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