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María entre nosotros

 

 

 

  Virgen María

FRANCIA Y MARÍA EN EL SIGLO XIX

En este siglo la Iglesia en Francia -y en otras naciones de Europa- estaba depurando los resabios de los largos años de racionalismo y de los daños del liberalismo exacerbado y del naturalismo. Vivía la rica  herencia espiritual y de piedad mariana, que le había legado la primera mitad de ese siglo, de manera particular con la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, hecha por el Beato Papa Pío IX en 1854. Los dos siglos anteriores le había dejado un legado mariano de gran riqueza.

El Cardenal Pierre de Bérulle había creado en la primera mitad del siglo XVII una escuela mariana que  dio mucha importancia al misterio de la Anunciación  y a su acogida del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Esta espiritualidad se reflejó en  algunas figuras importantes de ese tiempo, que prepararon el paso, o el enlace con el siglo XVIII. Fueron San Juan Eudes, Jean Jacques Olier (1608-1657), y sobre todo San Luís María Grignion de Montfort (+ 1716), autor de una obra mariana de excepcional importancia, por el influjo que tuvo en la configuración de la piedad y de la devoción mariana en Europa: Tratado de la verdadera devoción a la Santísíma Virgen. Aunque se publicó en fecha tardía, en 1843, su espíritu invadió pronto los ambientes sacerdotales, religiosos y también de los laicos cristianos.

 El XVIII es el siglo del racionalismo que abrió la puerta a la revolución francesa. Su fuerza se vio contrarrestada por la fuerza de una devoción mariana, que daba culto ferviente a la Madre de Dios, reconocida como toda Santa e  Inmaculada, y venerada también como Asunta gloriosamente a los cielos. En este siglo, a pesar de todos sus vacíos y errores, se intensificó la doctrina sobre la colaboración de la Virgen María a la obra de la redención poniéndose de relieve la importancia de las diversas formas de devoción mariana: veneración, invocación e imitación de María. A mediados de este siglo, San Alfonso María de Ligorio publicó su famosa obra, universalmente conocida: Las glorias de María (1750),cuya influencia fue decisiva en las naciones de Europa, también en Francia, para mantener, reforzar y enriquecer la devoción mariana.

Todo esta semilla de los siglos anteriores florece en Francia -que vivía  intensamente la creencia en la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios y en la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo. La devoción mariana no consistía en meros formulismos: Iba acompañada de una vida de piedad y de una espiritualidad mariana, cifrada en la imitación perfecta de María. Se vivía una devoción mariana de oblación, que se había practicado ya desde el siglo XVII en algunas congregaciones. Una espiritualidad de consagración a Jesús por manos de María, que había recogido San Luis María Grignion de Mon­tfort de algunos espirituales de principios del siglo XVII, que habían enseñado también la práctica, o la vida de esclavitud mariana por amor, como Miguel de San Agustín y León de San Juan. Se vivía intensamente una espiritualidad mariana de imitación, como el camino más corto para llegar y conectar con Jesucristo. Fue la forma de devoción mariana que promovieron algunas Instituciones creadas en este siglo: los Maristas, fundados por Marcelino Champagnat  y la Sociedad de María, o Marianistas, fundados por G. Joseph Chaminade. La espiritualidad de estas Instituciones invadió los ambientes religiosos de Francia.

 En este siglo tuvieron lugar algunos fenómenos y acontecimientos de carácter mariano, que consagraron definitivamente la piedad popular hacia la Madre de Dios. Este siglo es sobre todo el siglo de las Apariciones marianas, y como consecuencia el siglo de los grandes Santuarios Marianos, que canalizaron la vida cristiana, e imprimieron unas características singulares a la piedad y devoción a la Virgen Santísima. No deja de ser sorprendente que las cuatro grandes Apariciones marianas de este siglo tuvieron lugar precisamente en suelo de Francia(La Medalla Milagrosa, La Salette, Lourdes y Pontmain).

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