|
principal conocenos Antonio mm.carmelitas anecdotas y reflexiones calendarios estampería Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica |
|
|
CONFIANZA EN MARIA El día primero de año de 1953, el «St. Kerian» volaba desde Dublín a Birmingham con 25 pasajeros a bordo. Poco antes de llegar a su destino, uno de los motores del avión dejó de funcionar. Segundos después, ocurrió lo mismo con el segundo motor. Desde la cabna de mando se le ordenó a la azafata que avisase a los pasajeros para que se apretasen los cinturones de seguridad. Esta cumplió la orden con amable tranquilidad. Obviamente, los pasajeros se intranquilizaron exigiendo que se les informase de lo que estaba pasando allí. Con un par de palabras, la azafata les puso al corriente de lo serio de la situación. Luego, se arrodilló de repente en el pasillo, diciendo: «¡Señoras y caballeros: creo que ha llegado la hora de rezar!» Y dicho esto, sacó un rosario, rezando una oración de arrepentimiento con voz fuerte y clara. Después se dirigió con acento tranquilo y confiado a la Madre de Dios, pidiéndole la salvación. Y comenzó a rezar el santo rosario. Mientras
tanto, el piloto andaba a la búsqueda de un lugar lo menos malo posible para el
aterrizaje de la máquina, que iba perdiendo altura a ojos vista. Descubrió un
campo labrado que le pareció apropiado para el aterrizaje de emergencia. Al
ejecutar la arriesgada operación, desmochó la copa de un árbol y dos cercas
de setos. El avión perdió ambos motores y una de sus alas. Al posarse con ímpetu
en el suelo, se oyó un estruendo horrísono. El avión se había partido en
dos. Los primeros que llegaron al lugar del accidente no daban crédito a sus
ojos al ver surgir de las ruinas del aparato a la totalidad de los pasajeros sin
el más mínimo rasguño. Únicamente el piloto y el oficial de navegación habían
sufrido heridas sin importancia. Un experto inglés en el tema de aviones exclamó
ante las ruinas del aparato caído: «¡Es un milagro que en este accidente no
haya perdido nadie la vida!» La Iglesia no emplearía tan rápidamente la palabra «milagro». Gentes sin fe hablarían por ventura del azar. Los pasajeros, en cambio, eran conscientes de que la bondadosa Madre María había visiblemente recompensado la extraordinaria confianza de la valiente azafata.
|
|