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LA FIESTA DE LA CANDELARIA La Candelaria es el nombre popular con que los fieles evocan a la Virgen en su festividad de la Purificación. En el siglo IV se celebraba con una procesión de cirios en la iglesia madre de Jerusalén y se introdujo en Constantinopla por un decreto de Justiniano del año 542 de donde se expandió por todo el Oriente cristiano con el nombre de Hipapante o Presentación de Jesús en el Templo. Entró en la liturgia romana a finales del siglo XI . El papa Sergio I le dio gran auge y difusión con procesión a Santa María la Mayor antes llamada Basílica Liberiana. Han pasado los cuarenta días que la Ley mosaica (Lev. 12,8) prescribía para la purificación de la mujer que había dado a luz un niño, y ya María puede presentarse en el templo para hacer la ofrenda de expiación por un pecado del que estaba preservada, con actitud de sometimiento al precepto general. Un ritual incongruente con aquella concepción virginal y parto indoloro. Purificarse María ¿de qué? Y, como en la circuncisión del Niño, se ponen de nuevo en contacto con la religión ritualista y oficial, haciéndolo como fieles sumisos, no como reformadores. Lleva María en brazos a su Hijo obedeciendo al mandato (Ex. 13, 2) de consagración de todo primogénito, el que iniciaría los 33 años de su vida terrena con total disponibilidad a la voluntad del Padre: «Los holocaustos y sacrificios por el pecado no los recibiste. Entonces yo dije: Heme aquí que vengo -en el volumen del Libro está escrito de mí- para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Sal. 40, 7-9; Hb. 10, 5-7). La
liturgia de la Presentación del Señor nos muestra a la Virgen
unida a la oblación de su Hijo, en colaboración con los designios de Dios,
consciente por la profecía de su misión dolorosa -«una
espada te atravesará el alma» (Lc. 2, 35)- y admirada
por lo que se decía de Él. El Antiguo y el Nuevo Testamento se unen en el
misterioso encuentro de Simeón y María que se conmemora el 2 de febrero. El
anciano profeta y la joven Madre dan gracias por esta Luz que ha impedido que
las tinieblas prevalecieran. Es la luz que brilla en el corazón de la
existencia humana: Cristo el Salvador y Redentor del mundo, «luz para alumbrar
a las naciones y alegría de su pueblo, Israel». En
esta fiesta de luz, que continúa evocándonos lo que hemos vivido en el
misterio de Navidad, nos sale al encuentro el Señor, igual que le salió al
encuentro a Simeón, el justo. Asombrarnos ante la salvación de Dios realizada en Cristo, como le sucede a San José y a la Virgen, es la actitud normal; pero como ellos, debemos seguir nuestra vocación, la llamada del Señor a participar de la obra de la salvación, «presentándonos con el alma limpia» para merecer el premio de la vida eterna, el encuentro definitivo con Cristo |
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