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mensajes de paz

LOS DOS SENTIDOS DE LA PALABRA «PAZ»

Paz, es una hermosa palabra, pero también tiene un verdadero y un falso sentido. La paz verdadera es un don de Dios; la paz falsa es hechura nuestra.

La paz verdadera florece en una amistad creciente con Dios; la paz falsa halla su expansión en el olvido de Dios y en la exaltación de sí mismo.

La verdadera paz se profundiza más en el sufrimiento, la falsa se deshace ante los reveses y contrariedades.

La paz verdadera no padece necesidades y ansiedades, la falsa siempre está intranquila y ambiciosa.

La verdadera tiene una estima pequeña de sí, la falsa vive en temor continuo de ser considerada inferior

La verdadera confía firmemente en Dios a pesar de las faltas pasadas, la falsa huye de pensamiento de Dios porque pondría término a las faltas presentes y actuadas.

El rico Epulón tenía la falsa paz, y el pobre Lázaro la verdadera; las vírgenes insensatas se durmieron porque tenían paz, pero la falsa paz; el servidor que conservó el talento sin hacerlo fructificar tenía paz, pero la suya era solamente paz mental; el hombre que construyó su casa sobre la arena estaba en paz... hasta que llegó la tormenta.

En la falsa paz la conciencia está muerta, los ojos del alma están ciegos, los oídos sordos, las manos paralizadas. La falsa paz acompaña a la falsa conciencia que hemos forjado con nuestras acciones erradas.

Quizás, lo que denominamos ansiedad, temor, molestia interna, a veces es en el fondo el sustituto del remordimiento. Y este puede ser el punto de partida para la recuperación de la verdadera paz. Así como un hueso roto nos causa sufrimiento precisamente porque no está en el lugar en que debiera estar, así también una conciencia causa dolor cuando no está donde le correspondería hallarse: en una recta relación con Dios.

El remordimiento puede convertirse en arrepentimiento y luego en esperanza cuando el alma se vuelve a Dios pidiendo ayuda. Dios dice al alma intranquila: «No se halla la paz en el camino por el que marchas; si ahí se hallara Yo no te habría perturbado». Tan pronto como un alma se vuelve hacia el Redentor, desaparece la carga de la culpabilidad, así como un paciente olvida su dolor ante la alegría de ver al médico que puede curarlo. Y entonces amanece la verdadera paz. 

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