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EL VALOR DE LOS VALORES

 Cristo refleja toda la ciencia del Padre en la vida de la Santísima Trinidad. Luz del mundo. Por medio de Él, de su encarnación, el Padre se manifiesta a los hombres, les hace partícipes de su conocimiento divino. De aquí el dicho tan repetido por los autores cristianos: «Si conoces a Cristo lo conoces todo, si no conoces a Cristo, no conoces nada».

Un intelectual haría la siguiente objeción: los místicos pueden alcanzar un grado elevado de conocimiento de Cristo y al mismo tiempo ser ignorantes en matemáticas, ciencias, literatura. Y Cristo mismo, como hombre, durante su estancia en la tierra ¿conocía personalmente todas las ciencias aunque no las revelara? Es difícil responder. Entonces, ¿debemos admitir que existen también muchas verdades, llamadas profanas fuera de Cristo?

Debemos distinguir un doble conocimiento: uno «estéril», el otro espiritual. Durante la vida adquirimos muchos conocimientos, pero algunos de ellos no tienen ningún significado para nuestra existencia y, más que construirla, la estorban. Son ideas «estériles». Otras, aunque se trate de pequeñas noticias, tienen un valor a veces inmenso. El estudiante aprende, por ejemplo, la medida de los continentes y el número de sus habitantes. Adquiere la ciencia geográfica. Pero no se puede comparar con la pequeña noticia de que su novia le ama y quiere casarse con él. Este último conocimiento tiene tal valor que cambia radicalmente su existencia.

Es trágico que muchos de nuestros conocimientos sean desgraciadamente «estériles». Se plantea el problema de cómo proponerlos para que se hagan más preciosos, para que tengan un valor para la vida. Éste es el objetivo de los «ejercicios espirituales»: meditar las verdades de la fe, para que sean «sentidas y gustadas». Hay distintos métodos, pero todos coinciden en que en el fondo la verdad puede ser un valor sólo en el contexto de la vida.

Cristo es nuestra vida por excelencia; sólo Él puede dar el verdadero valor a todo lo que conocemos y experimentamos, y por tanto también al estudio de las matemáticas o de la geografía. Para el hombre espiritual ningún conocimiento debe permanecer «profano», es decir, fuera del contexto de la vocación recibida de Cristo. Se escuchan quejas sobre la cantidad de cosas inútiles y vanas que hay en el mundo. Propiamente hablando, esto no es cierto: las cosas no son vanas en sí mismas, pero están en tinieblas, no entendemos su significado. Iluminadas por la luz de Cristo adquieren valor.

 

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