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VIVIR SIN TELEVISION Había una familia numerosa en la que, cosa nada rara, los chavales disfrutaban de lo lindo, y los padres, todavía jóvenes, no les iban a la zaga en eso de pasarlo bien, a pesar de las estrecheces económicas que nunca les abandonaban. En aquel hogar se jugaba, se hablaba, se convivía y los mayorcitos ya colaboraban con la madre dando el biberón a los más pequeños; el salir a dar una vuelta por el bosque cercano a la casa - entretenimiento francamente barato- era una deliciosa aventura vivida por toda la tribu familiar; el inculto terreno -abundoso en zarzas y ortigas-, que rodeaba a la vivienda, se convertía en escenario de películas de piratas y de lo que la imaginación infantil decidiera. Y no tenían televisor. Las visitas solían sorprenderse hasta extremos rayaños en la incredulidad: «¿Como podían vivir sin televisión? ¡Dios mío, sin televisión!» -Verán, aquí contemplar la vida misma es mucho más interesante que la televisión. No sería mala idea hacer «ayunos de televisión» de un día al mes o a la semana. O «vacaciones sin televisión de una semana, quince días o incluso un mes». Puede que al principio cueste porque en el fondo todos somos un poco teleadictos. Poco a poco nos iremos acostumbrando y nos daremos cuenta que sin televisión se aprovecha mucho mejor el tiempo, se ejercita la imaginación buscando entretenimientos, aumenta la convivencia y la comunicación familiar e incluso es posible llevar mejor la vida de piedad y ser más independiente de criterio. Y de una u otra forma seguiremos enterados de las noticias verdaderamente importantes que ocurren en el mundo porque no ver televisión no significa estar aislado.
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