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mensajes de sabiduría

UNA CIENCIA DIFÍCIL

En el templo de Delfos de la Magna Grecia, había una inscripción en el frontón que decía: «Conócete a ti mismo». Este era para los filósofos el ideal de la sabiduría. No es nada fácil conocerse a uno mismo: porque estamos abocados hacia el exterior, hacia la actividad febril, y porque a todos nos molesta enfrentarnos con los defectos y pecados propios. Desanima mucho dar vueltas a nuestras miserias y errores; pero si lo hacemos al mismo tiempo que consideramos la bondad y paciencia de Dios con nosotros, entonces no nos desanima. Nos llenamos de alegría y confianza en el Señor que nos quiere a pesar de nuestros pecados, precisamente porque los tenemos y quiere ayudarnos a superarlos.

Cada uno tiene un punto más débil en su persona: un defecto que está en la base de sus pecados y que constituye lo que se llama defecto dominante. ¿Cuál puede ser el tuyo? ¿Eres quizá desordenado, perezoso, mentiroso, soberbio? ¿Te preocupas excesivamente de ti mismo y vives de espaldas a los demás? ¿Te dejas arrastrar por lo cómodo -rehuyes todo esfuerzo- por lo sensible, por lo sensual? Conviene que descubras cuál es tu defecto. Si lo logras, habrás dado un buen paso para vencer en la lucha del alma puesto que tus enemigos te atacan por donde eres más débil: por el defecto dominante.

El sufi Bayazid dice acerca de sí mismo: «De joven yo era un revolucionario y mi oración consistía en decir a Dios: "Señor, dame fuerzas para cambiar el mundo" : A medida que fui haciéndome adulto y caí en la cuenta de que me había pasado media vida sin haber logrado cambiar a una sola alma, transformé mi oración y comencé a decir: "Señor, dame la gracia de transformar a cuantos entran en contacto conmigo. Aunque sólo sea a mi familia y a mis amigos. Con eso me doy por satisfecho! «Ahora, que soy un viejo y tengo los días contados, he empezado a comprender lo estúpido que he sido. Mi única oración es la siguiente: "Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo.» Si yo hubiera orado de este modo desde el principio, no habría malgastado mi vida».

Todo el mundo piensa en cambiar a la humanidad. Casi nadie piensa en cambiarse a sí mismo. Y cuando intentemos cambiarnos a nosotros mismos y pidamos a Dios gracia para hacerlo... seremos felices.

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