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SENTIMIENTO DE ETERNIDAD Hay,
sin duda, una relación de proporcionalidad directa entre los estados de zozobra
y angustia, por un lado, y los estados de indiferencia y frialdad religiosa, por
otro; igual que existe también una proporcionalidad directa entre la falta de
sentido a la hora de vivir y el apego al alcohol, a las drogas, a los desórdenes
sexuales... que no son más que fugas, evasiones. El hombre, que siente fallido
ese instinto de felicidad eterna, busca un refugio en esos momentos de euforia
hormonal o glandular para consolar a esa pobre criatura -su pobre alma- que allí
dentro de nosotros grita llena de miedo o vela desconsolada en la angustia y en
el sufrimiento. Durante
décadas, las doctrinas freudianas han intentado convencernos de que las
enfermedades psíquicas tenían su origen, en gran parte, en la represión del
instinto sexual. Ahora no entraremos a juzgar el mérito de esta cuestión, ya
que nos llevaría muy lejos; entre otras cosas porque la regulación de los
instintos, o la continencia, no representa, si está bien llevada, una represión
de esa energía, sino una canalización de ella hacia el amor, que es lo que
dignifica el sexo. Sin embargo, hasta ahora poco es lo que se ha hablado de las
psicosis y neurosis producidas por la represión del instinto
de eternidad. Y esta
represión -como toda represión- envenena el alma. Esas tristezas, esas
nostalgias, ese desánimo, esa falta de motivación para todo, provienen, en el
fondo, de la realidad existencial
latente en el pensamiento unamuniano: "Si del todo moriremos todos, ¿para
qué todo?; ¿para qué?" Víctor Frankl -que era judío, y no cristiano-, el famoso psiquiatra sucesor de Sigmund Freud en la cátedra de Psicopatología de la Universidad de Viena, verificó sobradamente entre sus pacientes la religiosidad reprimida. Nos cuenta, por ejemplo, el sueño de una paciente. «Ella decía: "Sé cuál es la dirección que debo tomar, porque en el cielo resplandece una luz a cuyo encuentro me dirijo. Esta luz brilla cada vez con mayor fuerza y, por fin, se concreta en una figura". Le pregunté entonces cuál era esa imagen que veía. Ella quedó visiblemente incomodada, y tras mucho dudar, me preguntó con mirada suplicante: "¿De verdad tengo que hablar de eso?". Solo después de mucho insistir, ella reveló su secreto y murmuró: "La figura era Cristo"». Su conciencia, en sueños, le exigía servir a Cristo, pero ella tenía recelo o vergüenza de hablar de ello. Vemos aquí y en otros muchos casos que no solo existe la libido reprimida, sino también la religiosidad reprimida. |
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