principal        conocenos       Antonio   mm.carmelitas      anecdotas y reflexiones    calendarios   estampería  Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

                                          
Textos en formato pdf
libros
anteriores año 2008
Hojas  Culturales
María entre nosotros

 

 

 

mensajes de sabiduría

 

SED DE INFINITO

«Mi alma tiene sed del Dios vivo» (Sal 41, 3); nosotros tenemos sed de Dios y, sin embargo, muchas veces no somos conscientes de esta realidad.

Recuerdo una historia tan simple como reveladora: Viajábamos en tren, por la noche. El vagón estaba abarrotado y hacía mucho calor. En aquella época, después de la guerra, los trenes paraban al azar, sin que nadie supiera por qué. El viaje se volvía insoportable por momentos. De pronto, a la madrugada, un bebé se puso a llorar, a llorar con todas sus fuerzas. Era lo que faltaba. La madre hizo todo cuanto estaba a su alcance para calmarlo: lo mecía, lo cambiaba de posición, le sacaba las manitas de la manta, las metía de nuevo... Hubo incluso algunos voluntarios que intentaron colaborar en calmar al pequeño pero todo era en vano: el niño seguía llorando con todo estrépito.

 La situación ya empezaba a ser difícilmente soportable. Hasta que la madre, movida por una intuición, se levantó y, sacando una botella de la bolsa, le dio de beber un líquido con una cucharilla. Poco después, el niño dormía plácidamente, tranquilo y sosegado. ¿Qué líquido misterioso sería aquel que provocó un cambio tan rápido y extraordinario en el bebé? Era simplemente agua. El niño tenía sed, pero no podía comunicarla más que con sus lloros.

A menudo, cuando pienso en las inquietudes humanas, recuerdo esta escena del tren. En nuestros malestares y desalientos, en nuestras insatisfacciones y tristezas, tenemos la costumbre de preguntarnos por sus causas, de buscar su origen, sus motivos. Y, pensando en esto de aquí y en eso otro de allí, llegamos a concretar cuál es el origen de nuestro dolor: las circunstancias desfavorables en el ambiente o la familia, los padres, los hijos, la mujer o el marido, según el caso; el cansancio del trabajo, la falta de estímulo o de correspondencia a nuestra dedicación, la monotonía, un fracaso, una enfermedad, la falta de recursos económicos, la «mala suerte», la falta de amor o de cariño... Se puede hacer una larga lista de probables causantes de ese dolor de fondo. Pero recuerdo ese llanto de niño en medio de la noche... ¿no será que tenemos sed?

Recordemos que, a pesar de todas las actuaciones de la madre, el bebé seguía llorando. Porque tenía sed. ¿No será eso mismo lo que nos pasa a nosotros? Cuando en nuestra lista se cambian o desaparecen los responsables de nuestra tristeza, esta permanece, o incluso renace tomando otras formas. Cuántas veces decimos: «cuando tenga otro trabajo, cuando alcance ese puesto, cuando apruebe tal examen, cuando tenga este amor y consiga tanto dinero, cuando se cure esta enfermedad... entonces dejaré de estar triste».

 Y si conseguimos superar esas dificultades, sucede que otra vez aparece la tristeza, bajo una imagen diferente. El malestar sufre una metamorfosis, pero permanece: es que, como ese niño que llora en la noche, tenemos sed. Mucha sed. Pero tal vez no sepamos reconocerla. Solo estaremos tranquilos cuando la saciemos.

mensajes de sabiduría