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PRIMERO, EL DECÁLOGO

 

El deseo rousseauniano de volver a la Naturaleza, se está cumpliendo, en buena parte, en esta hora deprimida que vivimos. Lo que ocurre es que esto no significa, como Rousseau creyó, volver a la Arcadia; sino volver a la selva. Porque la Naturaleza es mala, está en pecado... Si hay algún dogma cristiano del que todos tengamos al alcance certificación y experiencia es este del «pecado original». Basta detenerse un instante y examinarse por dentro y se comprueba que en nosotros hay algo que no marcha: algo desconcertante, loco, que pide todo lo contrario que la razón. El pecado original es, un poco, como el estómago o el hígado: no tenemos que esperar a que la ciencia nos lo denuncie; lo «sentimos» antes.

Por eso lo cierto es que, no ya la religión, sino la civilización simplemente, tiene que empezar diciéndole que «no» a la Naturaleza. Esto es el Decálogo: el mínimo repertorio de negaciones que es indispensable para que, luego, puedan sostenerse todas las afirmaciones de una vida civilizada. «No matar». «No mentir». «No jurar en vano». «No desear les bienes ajenos». Es inútil hacer nada si primero «no» deja de hacerse todo esto. Levantar instituciones y leyes de una exquisita civilización aparente, sin proceder primero a ese gran barrido de los diez «no», es edificar en arena. Es convertir a la Sociedad en un gigantesco Juan de Robres, que antes de hacer su hospital, hace los pobres que han ocuparlo.

Y está ocurriendo, en el mundo, un fenómeno desconcertante. La mitad de la Humanidad ha dejado de ocuparse de la Metafísica, ha caído en la incredulidad. Pero, entonces, toda esa parte humana, como ha sentido en peligro la Moral, que tradicionalmente venía siendo derivación de la Metafísica, se ha dedicado afanosamente a demostrar que se puede, aun sin Metafísica, tener una moral. La mayor parte de los escritores incrédulos -desde Nietzsche hasta Duchamel o Jules Romains- se ocupan, de un modo o de otro, de construir, al margen de toda creencia superior, una moral severa, a veces más exigente, que la ortodoxa. De aquí esa fertilidad de «santos laicos», castos incrédulos y de vegetarianos blasfemos... En cambio, en los que permanecen fieles a la metafísica cristiana, está amaneciendo cierta tendencia a adormecerse en la incontestada posesión de esa metafísica, con olvido o enflaquecimiento de la moral. A fuerza de cantar el «Credo» a toda orquesta está dejándose de oír el Decálogo. Está el Dogma tan mimado, tan cantado, tan costeado y protegido, que, por sus espaldas, se escurre el Pecado sin sentir. Porque siempre es más fácil poner una colgadura en nuestro piso principal el día del Corpus, que ser escrupuloso en el «mostrador» del piso bajo.

Además, nunca las tentaciones han sido más agudas, y al mismo tiempo más diluidas en irresponsabilidad colectiva. El diablo ha abandonado aquel mefistofélico camino de la tentación individual, y se ha hecho sociólogo. Ha logrado entre las necesidades de cada uno y sus ingresos un déficit tan general y extendido, que su ilícito redondeo ha adquirido anchuras inevitables que cuesta trabajo encajar en el tradicional y seco «no robar». Se robaba antes de un modo tan estridente y concreto -escalo, ganzúas, llave maestra- que se hace difícil emparejar con esto los difusos robos estáticos de mesa y contabilidad. El colorismo de «Alí Babá y los cuarenta ladrones» es más fácil de percibir que la esfumada inmoralidad de todo un escalafón social prostituido.

 J.Mª Pemán

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