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LOS OJOS DE LA
AMISTAD Cuando,
siendo niño, iba a la escuela, encontraba a un compañero en una encrucijada.
El primero que llegaba esperaba al otro; o bien colocaba un guijarro sobre un
banco. Si el guijarro estaba debajo del banco significaba que el amigo todavía
no había pasado y, por tanto, podía esperarle. Entre
los transeúntes, sea a pie, en auto o en bicicleta, ¿quién podía entender el
significado del guijarro o de su ausencia o, incluso, notar su existencia? Se
necesitaban los ojos de nuestra amistad, no sólo para saber el significado de
aquel guijarro, sino incluso para verlo. Así
sucede con la voluntad de Dios sobre nosotros: hacen falta los ojos del amor
para entenderla. Para
comprender esa voluntad de Dios, tenemos que estar dispuestos a quererla
descubrir, buscarla donde Él la ha puesto, convencidos de que Él, sabe lo que
es mejor para nosotros, en el tiempo oportuno. Y
esta nuestra personal disposición es la que nos abre a nuestro prójimo, para
que sintamos profunda sintonía entre Dios y quien está cerca, y que nos hace
repetir a nosotros mismos: «Te
quiero como eres.» Querer a los demás, así, tal cual son, no sufrir por lo
que no son, no esperar lo que no dan. Abrirse incondicionalmente a lo que tienen
en el corazón para nosotros. Amar, en la transparencia de la diversidad, la
esencia única de cuanto se espera. Porque quien anda sobre huellas ajenas, no
deja rastro, pero encuentra al amigo. |
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