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LA VERDADERA VIDA SANA

La cultura de una vida sana tiene que ver con un montón de cosas de la vida diaria. Por ejemplo, salir regularmente a respirar aire fresco. Los sentimientos depresivos que padecen muchas personas se deben muchas veces a la insuficiente atención que prestamos a las exigencias de nuestro cuerpo. Es muy importante disponer de una vivienda acomodada a este fin. Si nos faltan fuerzas y ganas para mantener la casa en orden, disponiendo todo en ella de manera que resulte grata y habitable, nos veremos obligados a huir de ella y a buscar la comodidad en otra parte. 

La comida y la bebida son también objeto de una buena organización. No me refiero a los casos de exagerada obsesión por buscar un régimen alimenticio sano. Hablo, en general, de una cultura de la comida. La vida moderna, con sus prisas, no deja a muchos un mínimo tiempo libre para comer tranquilos. Lo que hacen es engullir cualquier cosa rápidamente para ganar tiempo. Ahora bien, si no podemos hacer un alto ni siquiera para comer, ¿cómo vamos a tener unas adecuadas experiencias comunitarias? 

Es también muy importante guardar un justo equilibrio entre actividad y descanso. A veces podemos sentirnos vacíos, como agotados por quienes nos visitan deseando llevarse algo. Para conservar el justo equilibrio se requieren ciertos rituales o recetas de salud. Yo, por ejemplo, organizo racionalmente mi tiempo por la mañana como mejor me parece. Las primeras horas del día son mías. Al final del día, me despido de él con un ritual en el que reconozco que el día ha sido mío, un regalo que devuelvo agradecido a quien me lo dio, como me da constantemente el tiempo de cada día. Hay mucha gente que regresa por la tarde a casa después de un día ajetreado, marcado por el estrés y el nerviosismo. Llegan sin fuerzas ni ganas de hacer nada que tenga algún sentido. Y ahogan el mal humor con bebida, comida y largas sesiones de televisión. Después se van agotados a la cama. También ésta es una especie de liturgia vespertina. Pero no produce ningún bien. El mal humor reprimido se desfogará en el subconsciente durante el sueño. A la mañana siguiente nos levantamos con la mente difusa y una vaga sensación de malestar. 

Una liturgia vespertina sana nos introduce en el misterio de la noche: en el sueño nos sumergimos en Dios, razón última de las cosas. Dios mismo puede comunicarse durante el sueño. Cada día -toda la vida- es como un capítulo del libro del arte de vivir. Hay que impregnarlo todo de un sentido espiritual, que nos hace bien y nos permite llevar una vida sana. 

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