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LA FUERZA QUE MUEVE LAS FUERZAS

El descubrimiento del petróleo y de la energía nuclear han causado en el mundo moderno una verdadera revolución, porque han puesto en maños de la industria nuevas fuentes de energía. Sin la gasolina no tendríamos automóviles ni aeroplaños ni infinidad de otras máquinas basadas en el uso de dicha sustancia. La electricidad es otra clase de energía, de naturaleza muy distinta de la gasolina, aunque muy superior en sus maravillosas aplicaciones, pero dependiente de ella, del carbón o del agua. La energía atómica es también otra fuente de energía, terrible si se utiliza para el mal, maravillosa, empleada para el bien. Y sabrá Dios qué otras fuentes de energía descubrirá el hombre en el futuro. Ahora, en la era de la informática, se considera que la «información» es una fuente de energía que otorga poder a quien la posee. Estas fuentes de energía, combinadas, son el principal fundamento de la colosal industria de nuestros tiempos. La fuerza animal de los siglos pasados ha cedido su lugar a la fuerza del vapor y de la electricidad. Los coches y carros tirados por caballos van desapareciendo paulatinamente, y ¿quién se acuerda ya de los tranvías tirados por mulas?

Pero todas estas fuerzas, por grandes que parezcan, si son aplicadas de una manera tan maravillosa, es porque son dirigidas por una fuerza muy superior a todas ellas: la fuerza de la inteligencia humana, de naturaleza perfectamente distinta de la de las otras porque es espiritual. Y por ser espiritual es moral: capaz de utilizar todas esas fuerzas y las que se encontrarán, para el bien o para el mal. De ahí la importancia de formar la inteligencia y orientarla hacia el bien. O sea, hacia Dios.

 

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