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 anecdotas y reflexiones 

Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

 

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LA CUMBRE ESPIRITUAL DEL HOMBRE

Lo esencial no está en ser poeta, ni artista, ni filósofo. Lo esencial es que cada uno tenga la dignidad de su trabajo, la alegria de su trabajo, la conciencia de su trabajo.

El orgullo de hacer las cosas bien, el entusiasmo de sentirse satisfecho, de querer lo suyo, es la sana recompensa de los fuertes, de los que tienen el corazón robusto y el espíritu límpido.

Dentro de los sagrados números de la naturaleza, ninguna labor bien hecha vale menos, ninguna vale más. Todos somos algo necesario y valioso en la marcha del mundo. El que construye la torre y el que construye la cabaña; el que teje los mantos imperiales y el que costura el traje humilde del obrero; el que fabrica la sandalia de sedas imponderables y el que teje la ruda suela que defiende en la heredad el pie del trabajador. Todos somos algo, todos estamos nivelados por esa fuerza reguladora que reparte los dones e impulsa las actividades.

Un grano de arena desquicia y sostiene una pirámide; un mendrugo salva y destruye una vida; una gota de agua marchita y hace reverdecer un laurel. Todos somos algo, representamos algo, hacemos vivir algo, ansiamos algo.

El que siembra el grano que sustenta nuestro cuerpo, vale tanto como el que siembra la semilla que nutre nuestro espíritu, como que en ambas labores va envuelto algo trascendental, noble y humano: dilatar la vida.

Tallar una estatua, pulir una joya, aprisionar un ritmo, arrimar un lienzo, son cosas admirables; hacer, fecunda la heredad estéril y poblarla de florestas y manantiales, tener un hijo inteligente y bello, y luego amarle y ensenarle a vivir a tono con la armonía del mundo, esas son cosas eternas.

Nadie se avergüence de su labor, nadie repudie su obra, si en ella ha puesto el efecto diligente y el entusiasmo fecundo. La envidia es una carcoma de las maderas podridas, nunca de los árboles lozaños. Ensanche y eleve cada uno lo suyo, defiéndase y escúdese contra toda mala tentación, que si Dios nos da el pan nuestro de cada día, en la satisfacción del esfuerzo legítimo nos brinda la actividad y el sosiego.

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