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 anecdotas y reflexiones 

Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

 

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EL MILAGRO, SIGNO DE DIOS

Los milagros no son fantasías absurdas. Ni prodigios meramente espectaculares. El milagro, es verdad, pertenece al orden del misterio, pero no al ámbito de lo irracional. Nuestra razón no puede, desde luego, penetrar en lo hondo de los hechos milagrosos -¿qué clase de milagro sería el que estuviera del todo a nuestro alcance humano?-, pero sí podemos racionalmente comprender que Dios es omnipotente y que puede, si quiere, romper el orden habitual de las cosas naturales, que Él mismo creó de la nada.

El milagro, así, se nos aparece como un signo esplendoroso, excepcional de Dios. Como un mensaje de Dios a los hombres. Un mensaje de amor. Un signo que Dios no necesita para su gloria, que es infinita, pero que sí necesitamos los hombres para comprender y no olvidar nuestra condición espiritual de hijos de Dios, llamados a una vida eterna que debemos conquistar con una vida de fe, esperanza y caridad en este mundo perecedero.

Esa es la realidad profunda del milagro. Eso es lo que las muchedumbres buscan en Lourdes, en Fátima, en todos los lugares espiritualmente privilegiados del mundo. Y eso es lo que en ellos encuentran: junto a los milagros, los mensajes de la Virgen, altavoz de la voluntad de Dios, sus llamadas a la penitencia, a la oración, a la conversión. Porque eso es lo que nos conduce a la amistad con Dios, con ese Dios que tanto nos ama y que a través de los milagros quiere mostrarnos su omnipotencia y su amor.

El milagro no es un muro contra el que choca nuestra razón, sino un océano de verdad y de luz en el que nuestra razón se sumerge, admirada e impresionada por la cercanía de Dios.

 

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