|
principal conocenos Antonio calendarios estampería Marilu Capin de Aguilar (poesias) Nati Crespo Aguilar (pinturas) |
|
(Presentación
en PWP
no
automática) |
EL DERECHO A EQUIVOCARSE Una doctora amiga me contaba hace días una historia emocionante. Su oficio es magnífico: se dedica al análisis preventivo de varias enfermedades en los recién nacidos, enfermedades que, detectadas en un primer momento, logran salvar muchas vidas y ahorrar muchos dolores tardíos. Y sucedió hace ya varios años que, en una jornada en la que estaban sobrecargados de trabajo, alguien en su laboratorio, probablemente por puro cansancio, se equivocó al poner las etiquetas en las muestras de los análisis, con lo que se aplicaron curas innecesarias a quien no lo necesitaba y, lo que es peor, se dio por sano a un niño claramente predispuesto a varias enfermedades. Meses más tarde, lo que se había dado por imposible, se declaró en este niño, por lo que las curas, tardías, fueron mucho más dolorosas y peligrosas, a causa de aquel error en el cruce de etiquetas. Todos los médicos de aquel laboratorio sufrieron, por su fallo, tanto o casi tanto como los padres. Pero quiso la fortuna que el pequeño pudiera salvarse. Un ano más tarde, aquellos padres fueron a visitar a la doctora. ¿Para quejarse de aquel error que puso en peligro la vida de su hijo? No; para que la doctora viera lo bien que el niño estaba y para que no siguiera sufriendo por el error que había cometido. La doctora que me contaba la historia se emocionaba al hacerlo y me decía que, mientras tantos hubieran guardado un permanente rencor por aquellos miedos y dolores tardíos, que ciertamente se debían a un error suyo o de alguno de sus compañeros, aquellos padres habían descubierto que la posibilidad del errores parte de la condición humana, que también un médico tiene derecho al cansancio y que, cuando no se debe a desidia o desinterés, sus fallos deben ser comprendidos como los de los demás humanos. Yo comprendo que esta historia es hermosa, aun cuando tuvo la fortuna de que el niño se salvó. Habría sido un millón de veces más difícil si aquella vida se hubiera perdido. Pero tengo que reconocer que la doctora tiene razón. No tenemos verdadero «derecho» al error. Lo que sí tenemos es derecho a ser comprendidos en nuestros fallos. Temo que, mientras esto no sea reconocido y aplicado por todos, no conseguiremos un mundo en que se pueda vivir en paz.
|
|