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CRISIS EXISTENCIAL

Las frustraciones, cuando no han sido superadas con la fuerza de la esperanza, pueden desembocar en una situación de crisis existencial. La crisis, sin embargo con no poca frecuencia es solo una toma de conciencia de la realidad, la base de una conversión a la verdad: una sospecha fundada de que la vida no está sólidamente cimentada, de que quizá sea necesario desmontar toda su estructura y edificarla sobre otras bases. La sensación de vacío puede representar un boquete de claridad que permita mirar más allá del túnel evasivo. En un momento de depresión se piensa: ¡qué extraño me he sentido hoy, como si todo lo que me parecía importante hubiera dejado de serlo! Sí, es como si todo lo que estaba encima se hubiera puesto debajo... No se da uno cuenta, sin embargo, de que precisamente en ese momento ha sucedido algo muy significativo: por un momento se ha levantado cl velo de la mentira cotidiana y se ha llegado a vislumbrar un retazo de la realidad de uno mismo y de Dios.

 Estas sensaciones , de alguna manera, están presentes en muchos de nosotros a lo largo de nuestras vidas, coincidiendo con momentos especialmente sensibles... Por cualquier circunstancia, porque una melodía despertó nuestra sensibilidad; porque una fiesta familiar evocó en nosotros a nuestros padres o un día, visitando los lugares en que transcurrió nuestra infancia, nos hemos sentido niños otra vez; porque nos han conmovido las palabras y el ejemplo de un amigo, o un gesto de ternura; porque una enfermedad ha guiado nuestros pasos a la necesaria quietud de una cama; porque un dolor inesperado, una contrariedad, nos ha obligado a concentrarnos en nosotros mismos; porque sentimos la separación de un ser querido o por cualquier situación semejante, hemos venido a comprender que entre lo que somos y lo que queríamos ser mediaba un abismo; que entre nuestra alma y Dios -para el cual hemos sido creados y por el que, sin saberlo, suspirábamos levantaban las paredes del túnel por las que nuestra existencia resbalaba oscuramente... Entonces es cuando pensamos: he entrado en crisis. Y pensamos que conviene ir al psiquiatra. Sin embargo, algo dentro de nosotros nos dice que lo que sentimos no es una enfermedad de la mente que exija un médico, sino una realidad bien diferente: como si comenzaran a desmoronarse los muros del túnel por el que nuestra vida se iba desviando... como si por primera vez nos preguntáramos en serio: ¿cuál es el sentido de mi vida?

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