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 anecdotas y reflexiones 

Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

 

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CARPE DIEM!

El poeta Horacio resumió en dos palabras el programa de vida que busca el placer por encima de todo: carpe diem! Es la invitación a vivir al día, a exprimir el instante, a extraer de cada momento todo el placer que pueda contener.

Desde Calicles, la identificación del bien con el placer ha tenido seguidores en todas las épocas. Entre los ejemplos más recientes, El Club de los poetas muertos. En esta interesante película, estrenada en 1990, se repite una leve y matizada invitación al hedonismo. La acción se desarrolla en un prestigioso colegio norteamericano. Keating, un original profesor de literatura, quiere salvar a sus alumnos del aburrimiento, de la monotonía, de la mediocridad. Y les propone echar la imaginación a volar, salir del montón y vivir con intensidad el instante. Para ello, recupera y repite el viejo carpe diem! horaciano: «Aprovechad el momento, chicos; haced que vuestra vida sea extraordinaria, para que nadie llegue a la muerte y descubra que no ha vivido».

No le falta razón. Su interpelación afecta de lleno a los muchachos y a los espectadores, precisamente porque la mediocridad y la ausencia de sentido son plantas bien abonadas en todas las latitudes. Pero las consecuencias de esa insinuación inconcreta se saldan con un suicidio: el más sensible de sus alumnos suena con ser actor de teatro; su padre se opone frontalmente a esa afición, y el chico decide que no merece la pena seguir viviendo.

El carpe diem! ha resultado mortal por carecer de dos matices. En primer lugar, aprovechar el instante no significa convertirlo en lo principal; en segundo lugar, llenar el tiempo no es amontonar intensidades placenteras sino formar un mosaico coherente. Coherente por su sentido y finalidad que en última instancia es nuestra dependencia de Dios y de unos valores arraigados en esa dependencia.

Si Keating no es más explícito puede hacer que sus alumnos corran a toda velocidad hacia ninguna parte, o hacia donde no deben. Keating debería explicar a sus románticos jóvenes que una vida agitada por el placer no es lo mismo que una vida lograda, y que amontonar acciones no equivale a encontrar el sentido de la vida; más bien, el sentido es algo previo a la acción: es lo que escoge, orienta y coordina las acciones.

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