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CAMBIAR EL PAISAJE
Todos nacemos
dentro de un «mundo-físico, espiritual, económico, emocional- que no
hemos elegido. Construimos sobre él, lo exploramos, intentamos cambiarlo. Pero
nunca podemos escaparnos del todo, ni podemos moldear ese «paisaje» en el que
hemos venido al mundo, a nuestro antojo. Es a la vez el regalo y la carga que
recibimos al nacer. ¿Y qué hacer cuando ese «paisaje» es inamovible y no
coincide -lo que suele ocurrir- con el que hubiéramos soñado? Durante
muchos años, mi madre fue esclava de sus sueños. Y no fue feliz. Porque
esperaba de la vida y del mundo algo que no le podía dar o simplemente, no
estaba a su alcance. Hasta que comprendió que no era el mundo quien tenia que
cambiar sino ella. Aprendió a mirar con igual gozo el movimiento de una
mariposa que el viaje sorpresa a una ciudad distante. Y aprendió a perdonar al
mundo por las cosas que ella creía que le había negado y agradecer la vida tal
como Dios la dispuso. Y tras la gratitud vino el perdón y tras el perdón, la
paz. ¡Y que fructífera es la paz interior! Sí,
mi madre aprendió a detenerse en actitud de adoración ante la sencillez de la
vida; a dar valor a lo cercano y a lo lejano. Miró el paisaje de su vida -que
no había construido ella y que no fue el de sus sueños- y vio que era bueno.
Como venido o permitido por Dios para su bien. Y
la que había sido esclava de sus sueños disfruta ahora cada día con una acción
de gracias por el regalo milagroso de vivir.
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