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ANTE LA ADVERSIDAD, PACIENCIA Cuando
vas por la calle te topas con infinidad de gentes de toda clase y condición que
revelan en su rostro distintas disposiciones anímicas. Van
unos con rostro sonriente, lleno de felicidad; les ha salido bien un negocio,
han tenido suerte en una empresa, recibieron una grata noticia, se encontraron
con alguien a quien aprecian, o simplemente están felices de vivir y de
sentirse amados por Dios. Otros
denotan preocupación: tienen problemas familiares que los acosan, situaciones
económicas oprimentes, disgustos con los amigos, inseguridad en su trabajo. O
desconfianza en la Divina Providencia. A
alguno de estos dos grupos pertenecemos y ¿por qué razón? El caso es
que no todos los días nos levantamos con el espíritu alegre y
despreocupado. Hace 300 años un prisionero grabó en la pared de su prisión
esta frase, con la que pretendía conservar en alto su estado de ánimo: "No
es la adversidad la que mata, sino la impaciencia con que soportamos la
adversidad". Es
verdad; impacientándote en las adversidades, nada arreglarás; más bien lo
echarás todo a perder o agravarás la situación; no es, pues, un remedio la
impaciencia o la ira. Si
a este consejo de orden meramente natural y psicológico, agregas el físico de
"`pon cara alegre y te irá sintiendo alegre" y aún este otro
de orden superior, de orden sobrenatural, como es el reconocer que Dios te ha
permitido esa adversidad para que seas capaz de mostrar tu valer, tu fidelidad,
tu capacidad de amar, entonces la adversidad será llevada por ti no sólo con
paciencia y resignación, sino aun con cierta alegría por saberte fiel. |
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