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EL TESORO DEL TIEMPO El tiempo es una de las riquezas más importantes que tiene el hombre. ¿Cuánto tiempo tienes? ¿Cuántos años tienes por delante? No te pregunto qué edad tienes, sino ¿dominas tu tiempo? ¿eres dueño del tiempo que vas viviendo? ¿Lo que haces es el resultado del dominio de tus tendencias humanas? Ama el tiempo, domina el tiempo, haz en cada momento aquello que o bien has pensado hacer o aquello que sale de tu corazón. No pierdas la calma. El tiempo es tuyo. Mira a Aquel que es el camino, la verdad y la vida, y ponte a programar tu tiempo con calma. Al programarlo haz un hueco para regalar algo de tu tiempo a aquellas personas que están solas y les sobra tiempo para todo. El amante de la calma y de la paciencia, aunque tenga mucho que hacer, se prepara con la vigilancia atenta, posee el sentido común y la reflexión pausada. ¡Qué maravilla poder valorar la bondad existente en cada cosa que veo, en cada acontecimiento en que participo, en cada acción que proyecto, en cada persona con la que me relaciono! ¡qué maravilla fijarse atentamente en lo positivo de lo que me sucede! Ésta es la raíz de la auténtica calma. No apagues jamás la luz de la verdad interior, de la vida total, de la belleza de nuestros caminos y destinos. Es el momento de que las impertinencias de algunos se vayan convirtiendo en acogidas cordiales. La paciencia es la ciencia de la calma, es la ciencia de la paz. La calma permite ver las cosas en su integridad, hace que se puedan ver los pros y los contras de cada acción a realizar. La paciencia permite que la vida avance. La calma es la virtud de los grandes imaginativos y de los grandes creadores. Los mejores artistas han sido personas con calma. Los mártires y los héroes son personas ricas en calma y en paciencia. La calma perdida es causa de una felicidad quebrada. Esta palabra, «no perdáis la calma», vale para nosotros. Nada te turbe, cantaba Santa Teresa. Todo es pasajero. Confiad en mí. Yo estoy con vosotros. En los momentos más difíciles yo estoy muy cerca de vosotros. No perdáis la calma. No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío. Quiere lo que Dios quiere. Ofrécele, en medio de inquietudes, el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo, piensa que su gusto es el gusto de Dios. Haz que brote, y conserva siempre sobre tu rostro, una dulce sonrisa, reflejo de la que el Señor continuamente te dirige.
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