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María entre nosotros

 

 

 

oración y providencia

YO SOLO, NO PUEDO

Martin Luther King se acostó una noche, cansado después de un largo día de trabajo. Cuando estaba a punto de conciliar el sueño, sonó el teléfono. Una voz, al otro extremo, le dijo:

-Escucha, negro; estamos hartos de ti. Antes de una semana te arrepentirás de haber venido a Montgomery.

King colgó el aparato. De pronto, le asaltaron todos los temores. Su valor comenzó a abandonarle. Empezó a sentirse mal. Se levantó y se puso a pasear en la habitación. Fue a la cocina, calentó café, se sirvió una taza y se quedó allí sentado. No sabía qué hacer o a dónde ir. Entonces, inclinó su cabeza y empezó a rezar. Las palabras de su oración fueron algo así:

-Padre, creo que lo que estoy haciendo está bien hecho. pero ahora tengo miedo, mucho miedo. La gente depende de mi liderazgo. Si me falta la fuerza o el valor, ellos van a empezar a sentir miedo. No puedo más. No sé qué hacer. No puedo afrontar solo esta responsabilidad.

-En este momento -dijo King más tarde- experimenté la presencia divina como nunca la había experimentado antes.

La experiencia de King nos da una idea de cómo debió de sentir Jesús la presencia de su Padre, después de su oración en el Huerto. Porque, cuando acabó de orar -nos dice Lucas-, «un ángel del cielo se apareció a Jesús y le confortó».               

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