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¿POR QUÉ NO HACES COMO EL GENERAL? Hubo
una vez un famosísimo general, varón esforzado y rico, al cual debió la Siria
llegar a ser un reino poderoso. Este general, llamado Naamán, estaba leproso.
Su esposa tenía a su servicio una doncella judía, la cual, al enterarse de la
enfermedad del amo, le habló del profeta Eliseo, famoso por los repetidos
milagros que obraba en nombre del Señor. Cuando
el general Naamán se enteró de lo que decía la israelita, marchó sin pérdida
de tiempo a contárselo al rey que le mandó que fuera a verle. Naamán se
encaminó a Gálgata, poblado insignificante de Samaria donde habitaba Elíseo
con sus discípulos. Llegó, pues, el general al pueblo y mandó decir al
profeta, que allí estaba y que traía trescientos mil pesos en plata, ciento
veinte mil en oro y diez mudas de ropa, con que esperaba pagarle sus honorarios.
No se dejó deslumbrar el austero Elíseo por tanta fanfarronada y «le envió a
decir al general, por tercera persona: «Anda, báñate siete veces en el Jordán,
y tu carne recobrará la salud, y quedarás limpio». Calcula,
querido lector, la impresión que este «recadito» causaría al pomposo general
sirio. Se enojó de veras y dijo muy indignado. «Yo pensaba que él hubiera
salido al punto a recibirme personalmente y que, puesto en pie, invocaría el
nombre del Señor Dios suyo, y tocaría con su mano el lugar de la lepra y me
curaría. Pues qué, ¿no son mejores el Alfana y el Farfar, ríos de Damasco,
que todas las aguas de Israel para lavarme en ellos y limpiarme?» Y, enojado,
volvió las espaldas para encaminarse a su tierra. No faltó, sin embargo, un sirio discreto que, con gran sentido común, le hizo esta observación tan sencilla como exacta: «Padre -le dijo-, aun cuando el profeta te hubiese ordenado una cosa dificultosa, claro está que deberías hacerla; pues ¿cuánto más ahora que te ha dicho: Lávate y quedarás limpio?» El argumento era contundente. y el general, que debía de tener talento, tomó el consejo. «Fue, pues, y se lavó siete veces en el Jordán, conforme la orden del Varón de Dios, y se volvió su carne como la carne de un niño, y quedó limpio». Pues bien. lector amigo. nuestro argumento es el mismo que el del criado de Naamán. Cuando estés triste, cuando estés afligido, cuando estés necesitado. cuando, habiendo tratado de conseguir lo que deseas, usando de otros medios, no lo hayas conseguido, ¿por qué no sigues nuestro consejo y te pones a orar? Esto nada cuesta y es muy sencillo. Hazlo, no una vez, sino «siete», es decir, muchas veces, y verás el admirable electo que te produce. Verás que cuando hayas empezado a experimentar lo admirable de esta «fuente de energía», no dejarás de seguirla usando, tanto más cuanto que en ciertos casos es indispensable, es un medio necesario para conseguir la salvación.
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