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María entre nosotros

 

 

 

oración y providencia

LA SEÑAL

 

La precaria situación de la joven embarazada que me vino a ver era tan real como su desesperación. En su pequeño apartamento vivían ya cuatro hijos pequeños y, encima, un marido sin empleo,  iracundo y alcohólico, que no daba la más mínima muestra de preocuparse por ella. La pareja había incluso llegado a las manos.

 Debo confesar que, tras una larga y exhaustiva conversación con la joven, ni yo misma estaba segura de qué decisión habría tomado en su lugar; así de oscuro era el futuro de esta familia.

Tanto más sorprendida quedé cuando, el mismo día de nuestra conversación, la joven volvió a aparecer en mi despacho a pesar de que ya tenía en su poder la confirmación de la entrevista mantenida, así como el certificado de aprobación médica, y ya podía dirigirse al hospital para abortar cuando quisiera. Volvió porque, tal como dijo, me había visto interesada y porque, entre tanto, se había producido un suceso sobre el que quería hablar conmigo. El día anterior, su marido había encontrado un empleo. Cuando ella volvió a casa después de nuestra entrevista, él la recibió con esta feliz noticia y le prometió firmemente que también haría algo para combatir su adicción al alcohol.

 «¿Cree usted -me preguntó aquella joven mujer en su segunda visita-, cree usted que esto es una señal de arriba para que tenga el niño?» En momentos así, los psicólogos tenemos que hablar como personas, y no como expertos, y por ello respondí, simplemente, como persona: «Si usted lo ve así, será así». Tras algunos minutos de silencio, llegó su «sí» a la vida del niño.

Todavía seguí orientando a esta familia durante aproximadamente un año, hasta que, en 1977, me trasladé a Munich para incorporarme a mis nuevas obligaciones. En aquel período de tiempo, el marido se sometió a una cura de desintoxicación y asistió regularmente a las sesiones de orientación familiar, cosa que dio sus frutos. Gracias a su puesto de trabajo en el almacén frigorífico de una industria alimenticia, pudo aumentar la despensa de la familia con comida más barata. Los tres hijos mayores fueron admitidos en una guardería, lo cual supuso un enorme desahogo para la madre. El hijo que llevaba en su seno se convirtió en un hermoso bebé y fue recibido con alegría. Casi al mismo tiempo de nacer el pequeño, la familia obtuvo una vivienda social más grande que esperaban desde hacía tiempo. 

Después de haber presenciado la completa desesperación de la joven mujer y, sobre todo, después de qué yo misma llegara a albergar serias dudas respecto al tema del aborto, me quedé asombraba al ver que todas las piezas iban encajando poco a poco. Hoy casi se impone en mí una idea parecida a la que aquella joven mujer me planteó entonces: «¿Podría ser una señal de arriba no dudar nunca de una vida que no ha nacido y de sus posibilidades?».

 

 

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