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oración y providencia

LA PALANCA

Arquímedes solía decir: «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo.» Y no hay duda en la verdad de este aserto; es prodigiosa la fuerza de la palanca.

Consiste ésta, según nos enseña la mecánica física, en una barra rígida que se coloca sobre un punto de apoyo llamado fulcro. De un lado se encuentra la resistencia, o lo que se desea mover, y del otro la fuerza. Llámase «brazo de palanca» la distancia que hay entre el punto de apoyo y la fuerza, o entre aquél y la resistencia. Estos brazos pueden ser iguales o desiguales. Cuando son iguales, tenemos el instrumento llamado «balanza». En este caso, para levantar un peso A se requiere una fuerza A, igual a la resistencia. pero si crece el brazo que corresponde a la fuerza, ésta, para mover la resistencia, irá disminuyendo conforme crezca el brazo. En este principio está basada la «romana», uno de cuyos brazos, el del peso, es muy corto, siendo muy largo el de la fuerza. De esta suerte, se pueden pesar toneladas con gramos. El peso pequeñísimo de un gramo es capaz de contrapesar muchas toneladas, si el brazo de la palanca donde aquél se aplica es suficientemente largo.

¿No te recuerda esto, querido lector, aquella proposición de Cristo: «Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: desarráigate y arrójate al mar, y lo hará»? La fuerza de la oración, basada en la fe, es colosal, es una verdadera palanca moral. Por parte del que ora, la «confianza» de conseguir lo que se pide es el brazo de palanca. Mientras mayor sea la «confianza», mayor será el poder de la palanca, necesitándose una fuerza pequeñísima para levantar el peso deseado, esto es, para conseguir lo que se pide.

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