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(Presentación
en PWP
no
automática)
Marilú Capín de
Aguilar
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SAN JUAN DE LA
CRUZ, EN EL METRO Entré
en el vagón del Metro ya caída la tarde. Enseguida saltó a mis ojos la hoja
impresa que suelen pegar en la pared del vagón. Me gusta ir a leerla rápidamente
y conocer el autor del texto, y comprobar si lo conozco o lo ignoro totalmente.
Esta vez saltó mi corazón de alegría al leer el texto en verso. ¡Era nada
menos que La
noche oscura, de san Juan de la Cruz! ¡Claro
que lo había saboreado en muchos ratos de soledad mística! Leí emocionado: «En
una noche oscura, con ansias, en amores inflamada, oh dichosa ventura...», y
seguía narrando el alma cómo encontró al Amado en la densa noche con sola la
luz que le manaba del corazón hasta quedar el Amado recostado «en el pecho
florido» del alma enamorada. Lo saboreé varias veces, y luego, me quedé
reflexionando sobre tan inusitado y espléndido encuentro. Me
pregunté enseguida, intrigado: Pero
¿qué hace aquí, en el Metro, nada menos que san Juan de la Cruz? Y me contesté:
Pues igual que otro autor cualquiera, pero éste infinitamente más sublime. ¡Claro
que pegaba allí, en la pared del vagón! Estaba evangelizando al hombre del
siglo XXI en aquella original campaña de Libros, a la calle. Alguien lo leería,
como yo, y se enternecería, quizás, y amaría, quizás, a Dios un poco más. Dios
habla de muchas maneras y hasta en el Metro, ¿por qué no? Luego, jugando con
el texto, me puse a pensar en mi alma, ya sosegada del todo, saliendo como un
ciervo herido al encuentro del Amado, clamando tras El con ansias enormes de
alcanzarlo... Sólo me guiaba en la noche la luz «que en el corazón ardía».
Y llegué a alcanzar a Dios, en el Metro, y me entregué a Él un poco más y
llegué hasta a olvidarme de mí mismo y dejar mis cuidados y preocupaciones «entre
las azucenas olvidados...» Era
el milagro del bendito fray Juan de la Cruz en un vagón anodino y más bien
sucio del Metro madrileño. Alguien, sin quererlo, había dado una limosna, en
el Metro, al alma y al corazón. Y se había valido de algo tan sencillo como
una hoja volandera pegada en la sucia y grisácea pared de un vagón. Dios anda
en todas partes, estaba visto. Lo había comprobado en aquel atardecer madrileño.
Dios habla siempre. En esta atardecida hablaba de noche, de soledad, de luz
guiadora, de requiebros amorosos y místicos, de paz interior conseguida. Salí del Metro y entré en la luz prosaica de las bombillas que acababan de encenderse. Abstraído como iba, tropecé con alguien. ¿Cómo podría transmitirle -me dije- aquella luz que ardía en mi corazón hallada en el Metro? Y me quedé confortado pensando que la vida era hermosa y merecía la pena, y que Dios habla, hasta en el Metro, a quien quiera escucharle. |
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