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María entre nosotros

 

 

 

oración y providencia

IÑIGO Y FRANCISCO

En la primera mitad del siglo XVII, la Universidad de París era uno de los centros científicos más renombrados del mundo de entonces. A pesar de existir en España la famosa Universidad de Salamanca, muchos españoles iban a cursar Artes y Teología a la capital de Francia. Entre aquellos estudiantes encontramos a un guipuzcoano de edad madura, y a un navarro en la flor de la juventud, bastante más alegre de lo debido. Mientras éste se había ya graduado en las aulas y enseñaba filosofía, el guipuzcoano estaba aún atrasado en sus estudios, que había empezado ya de edad, después de haber servido como soldado en los ejércitos del Emperador Carlos V. El hombre era discípulo del joven y gran admirador suyo. Iba con frecuencia a consultarle sus dificultades, le traía discípulos y no perdía ocasión de elogiar al profesor de filosofía, llamado el Maestro Francisco.

Un día, estando los dos solos, después de haber recibido una brillante explicación sobre un punto discutido, íñigo, que así se llamaba el guipuzcoano, dijo a su maestro: «Mi querido Francisco, sois muy aventajado en las artes, tenéis un entendimiento muy claro y brillante, alcanzando gran fama. Sois noble, y quizá un día honrarán vuestros talentos con una mitra... Pero, decidme, ¿de qué os servirá todo esto si al fin perdéis vuestra alma?»

Semejante pregunta no pudo menos de disgustar al joven maestro, un tanto alegre, y desde entonces se mostró distanciado; sin embargo, acudía a él para pedirle prestado con qué pagar las deudas contraídas en sus francachelas. Pero Iñigo sabía lo que traía entre manos, y, sin dejar de seguir elogiando a Francisco y proporcionándole dinero, siempre que se le presentaba la oportunidad volvía a decirle: «Francisco, ¿de qué os servirá ganar todo el mundo si al fin perdéis vuestra alma?»

Francisco, que era muy inteligente y tenía un fondo noble, empezó a pensar, en sus ratos de soledad, en aquellas palabras, y en su vida disipada, y vino a concluir que íñigo tenía razón. Y un día, estando solo con el guipuzcoano, le dijo: «He reflexionado en lo que tantas veces me habéis repetido y veo que tenéis razón; ¿qué debo hacer para salvar mi alma?»

Iñigo, que ya esperaba esta pregunta, le dijo: «Yo os enseñaré el camino.» Y le enseñó a ORAR, dándole los Ejercicios espirituales. Y el maestro aprendió tan bien la lección del discípulo, que, convirtiéndose a su vez en discípulo de aquél, llegó, con el tiempo, a ser el admirable Apóstol de las Indias, Francisco Javier, mientras el guipuzcoano, por el camino que enseñaba, llegó también a la cumbre de la santidad; éste era Ignacio de Loyola.

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