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EL DURIÑO DE LA PILARA Pilara, personaje de Wenceslao Fernández Flórez (El bosque animado) es una niña menudita y frágil. Una criadita que trabaja en la aldea de Cecebre por un duro al mes - un duro de los de antes, claro-, que puntualmente se lleva su madre en cuanto lo cobra. Un día Pilara pierde el duro en el recorrido que suele hacer por un bosque, y ahí comienzan sus angustias. Vuelve rápida para repasar un camino que se sabe de memoria, lo revisa palmo a palmo, pero ni rastro de la moneda. Va despacito, despacito, sigue mirando y, de repente, se topa con el bandido Fendetestas, tranquilamente ocupado en comerse una manzana Pilara sabe que el duro está a buen recaudo en el bolsillo del maleante y pregunta por él, pero Fendetestas se hace de nuevas y no presta la menor atención a los ruegos de la infortunada, tal como si fuera más sordo que una tapia. Entonces dan comienzo los ayes de Pilara. Grita y gime, gime y grita, implora y llora desconsolada: -¡Ay mi duriño! ¡Ay mi duriño del alma! Ni caso. El bandido piensa que ya puede pasarse todo el día llorando, o la vida entera si quiere, que el dinero no va a cambiar de bolsillo. Pero la Pilara no ceja en su empeño: -¡Ay de mi dineriño! ¡Ay mi duriño del alma! Transcurre el tiempo, y siempre el mismo llanto: -¡Ay mi dineriño! Fendetestas amenaza, va por ella, pero la niña se escurre y se oculta entre la maleza. Y sigue, y sigue: -¡Ay mi dineriño! ¡Ay mi duriño del alma! Pasan las horas y Pilara mantiene fuerte su moral. Llega un momento en que Fendetestas no aguanta más. Saca la moneda del bolsillo y se la arroja. Al momento calla la niña y corre a cogerla. Comenta Don Wenceslao sobre el estado de ánimo del bandido: «Y la paz que siguió se le antojó increíblemente barata». Incluso el bosque entero se sintió profundamente aliviado. El Señor para enseñarnos la constancia que habíamos de tener en nuestra oración nos habla de una pobre viuda que importunó a un juez inicuo...hasta que consiguió que le hiciera justicia (cfr. Lc, 18,1-8).
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