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YA ESTÁ CON NOSOTROS

«¡Si Dios hiciera un milagro...!» «¡Si Cristo volviera a la tierra!»

Son muchos los que creen que si así fuese, el mundo entero creería y la vida sería una balsa de bondad y felicidad. Pero la cosa no es tan clara, ni tan fácil. Cabría recordar que sólo los corazones transparentes y las almas limpias y honradas están predispuestas para ver la Verdad. Y, sobre todo, recordar que muchos hombres vieron a Jesús en persona y no quisieron creer en Él...

«¡Si Cristo volviera a la tierra...!»

Una conocida revista organizó una encuesta entre sus lectores, preguntándoles cómo acogerían los hombres a Cristo, si volviese a la tierra ahora. Y entre las respuestas hubo una  que destacó por su sensatez. Decía así:

«Yo creo que la Televisión querría que el Señor participara en alguno de sus famosos concursos».

»Otros le invitarían a una cena de «cinco» o «diez tenedores» (si esta última categoría existiese), con el irreal motivo de fines benéficos, pero en realidad para que los intermediarios llenasen sus bolsillos.

»Los científicos le pedirían la revelación de los últimos secretos atómicos, en vez de pedirle algo tan importante como el secreto de la salvación de su alma.

»Los productores de películas se lo disputarían para hacer de Él la «estrella» de su más espectacular film sobre su propia vida...

»En resumen: Creo que Cristo, nuestro Salvador, está bien cómo y dónde está: en la conciencia de cada uno de nosotros y en los tabernáculos de las iglesias, donde tan pocas visitas recibe... Pero Él. allí espera, en silencio y humilde, a aquel que quiera hallarlo...

»Sí, está con nosotros. Y lo que nos pide, es que seamos valientemente sus testigos en el mundo. Que nos mostremos, en medio de las gentes indiferentes, en medio de los que se burlan de El, de los que le ofenden por ignorancia o por maldad, como testigos vivos que confirmen lo que el propio Cristo dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida».

Si en vez de pedir milagros para que la gente cambie y crea en Él y su doctrina, procurásemos que cambiasen al ver nuestro ejemplo, nuestro espíritu de servicio al prójimo, con amabilidad, con cortesía; nuestra fortaleza moral, la fuerza de voluntad de cerrar la televisión cuando nos apercibimos de que un buen cristiano debe aborrecer esas escenas obscenas, intolerables, que nos «colocan» en el propio hogar. ¡Ah, si hiciésemos todo eso, no necesitaríamos pedir que Cristo volviese a la tierra, porque con ello señalaríamos a los demás el camino para que ellos fuesen al encuentro del Señor.

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