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TRINIDAD: NOMBRE DE FAMILIA En un catecismo alemán se cuenta esta historia: un profesor hace la siguiente pregunta a una niña: «El Padre celestial es Dios, Jesús es Dios, el Espíritu Santo es Dios. ¿Cómo se puede explicar esto?» La niña piensa un momento y luego contesta: «Dios es el nombre de la familia». La clase se ríe, pero la profesora se queda pensativa... ¿Podemos realmente imaginar a Dios como una familia? Los historiadores de las religiones afirmaban que el culto a los dioses en los pueblos primitivos había derivado del culto a los antepasados. Los dioses de la mitología serían realmente las familias humanas divinizadas. La Biblia hace el recorrido inverso: no va desde los hombres a la existencia de Dios, sino desde Dios creador a la existencia de los hombres. Si aceptamos el término simbólico de "familia" para el misterio de la Santísima Trinidad, llegamos a la conclusión contraria: las familias terrenas y toda la convivencia humana serán como la imagen humanizada de la vida divina en el cielo.De hecho, algunos Padres de la Iglesia nos animan a seguir la reflexión en esta dirección. Así, nuestra vida social y sus relaciones son un reflejo de la vida divina. En este sentido, también el misterio de la Santísima Trinidad, que a muchos cristianos parece alejado de la vida práctica, adquiere una actualidad sorprendente. Sin embargo, conocemos las dificultades que impiden desarrollar el discurso religioso en esta dirección. La verdad primera y esencial de todas las religiones evolucionadas es la fe en un solo Dios. Por este motivo algunos polemistas musulmanes acusaban a los cristianos de que el dogma de la Santísima Trinidad significaría una recaída en el politeísmo, renegar de la tradición de Abraham, con el que comienza la historia sagrada. Los cristianos, por su parte, profesan que no hay contradicción entre la unidad absoluta de Dios y la trinidad de las Personas. Pero son conscientes de que se trata de un gran misterio que supera a nuestra inteligencia. El miedo a empañarlo con especulaciones no fundadas en la revelación lleva a muchos a un silencio humilde y devoto, que puede ir más allá de lo deseable. En realidad, cuando se evita meditar sobre su significado, el primer misterio de nuestra fe pierde actualidad tanto para la vida cotidiana como para la profundidad de la devoción. Esto está en contradicción con la experiencia de los místicos, los grandes santos de nuestra tradición.
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