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TESTIMONIO DE
PAUL CLAUDEL Mi
conversión acaeció en el año 1886. Nací de una familia indiferente para las
cosas religiosas. Hice una muy buena primera comunión que, como para muchos jóvenes,
fue principio y remate de las prácticas religiosas. Después me instruí con un
profesor librepensador, con quien perdí la fe. Olvidado de la religión, me
hallaba en una ignorancia salvaje y en un estado de asfixia y desolación
interna.Tal era mi estado el 25 de diciembre de 1886 cuando entré en Nuestra Señora
de Par¡s para seguir los oficios de Navidad. Asisti
a la Misa Mayor. Después, no teniendo qué hacer, me fui a las vísperas. Los
infantes, vestidos de blanco, se preparaban para cantar el Magnificat. Y
entonces se produjo en m¡ el acontecimiento que transformó toda mi vida.
Pensé: «¡Qué felices son en realidad los que creen! ¿Y si fuera verdad? Es verdad. ¡Dios existe; está aquí presente! ¡Es alguien! ¡Es un ser tan personal como yo! ¡Me ama, me Ilama! » Lágrimas
y sollozos me invadieron y el himno tan delicado del Adeste Fideles
aumentó aún más mi emoción. Dulce emoción en la que, sin embargo, se
mezclaba un sentimiento de terror y casi de espanto. La religión católica seguía
pareciéndome, como antes, un cúmulo de necias supersticiones. Sus sacerdotes y
fieles seguían inspirándome la misma repugnancia, que llegaba hasta el odio. Esta
resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que fue una defensa valiente.
La gente joven, que con tanta facilidad abandona la fe, no sabe los tormentos
que cuesta recuperarla. Reuní todo mi valor y una tarde me acerqué al
confesionario de S. Medard, mi parroquia. Los minutos durante los cuales estuve
esperando al sacerdote fueron los más amargos de mi vida. Recibí la segunda comunión en un día de Navidad, como la primera, de 1890, en Notre Dame |
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