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TESTIGOS DE ESPERANZA

Es lo que tenemos que ser cada uno de nosotros, cristianos, ante el mundo. Y es el título de un libro del cardenal vietnamita F.X.Nguyen van Thuang que recoge los ejercicios que predicó en el año 2000 a Juan Pablo II y a la cura cardenalicia. En él narra lo siguiente:

«Durante el viaje hacia el norte de Vietnam me encadenaron tres veces a un no católico, parlamentario, conocido como fundamentalista budista. La cercanía en su misma suerte hizo mella en su corazón. Más tarde llegué a saber que, tras su liberación, contó de buen grado este hecho: se sintió honrado; buscó siempre que lo encadenaran conmigo; nos hicimos amigos. En el barco, y luego en el campo de reeducación, tuve ocasión de entablar diálogo con personas muy variadas: ministros, parlamentarios, altas autoridades militares y civiles, autoridades religiosas budistas, brahmanes, musulmanes, personas de varias denominaciones protestantes: bautistas, metodistas... En el campo fui elegido ecónomo para servir a todos, repartir la comida, ir por agua caliente y cargar con el carbón para la calefacción durante la noche, porque los demás me consideraban un hombre de confianza.

Jesús crucificado fuera de las murallas de Jerusalén, al partir de Saigón, me había hecho comprender que tenía que enrolarme en una nueva forma de evangelización, no como obispo de una diócesis, sino extra muros, como misionero hacia fuera, durante toda la vida, hasta el máximo de mi capacidad de amar y de darme. Ahora se abría otra dimensión para todos.

En la oscuridad de la fe, en el servicio, en la humillación, la luz de la esperanza cambió mi visión: este barco, esta cárcel eran mi catedral más hermosa, y estos prisioneros, sin excepción alguna, eran el pueblo de Dios confiado a mi cuidado pastoral. Mi cautividad era divina providencia, era voluntad de Dios.

Hablé de todo eso con los demás prisioneros católicos y nació entre nosotros una profunda comunión, un nuevo compromiso: estamos llamados a ser juntos testigos de esperanza para todos.

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