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SACRAMENTO DE UNIDAD

      A. Chomjakov (1804-1860) provenía de una típica familia rusa de la nobleza rural. Su juventud coincidió con los años difíciles que siguieron a las guerras napoleónicas. Por todas partes había miseria, confusión, ignorancia y despotismo de los gobernantes. Ni siquiera su padre era un hombre ideal, el alcohol y el juego de cartas aligeraban la vida aburrida de los señores del campo. Iban a la iglesia pero el pope era de escasa cultura. Pero en este ambiente de desolación había una persona estupenda, su madre. Ella conseguía siempre poner todo en orden y fue capaz incluso de construir una iglesia. Gracias a ella el pensador fue siempre un fiel cristiano en este ambiente de desolación había una persona estupenda, su madre. Ella conseguía siempre poner todo en orden y fue capaz incluso de construir una iglesia. Gracias a ella el pensador fue siempre un fiel cristiano.

     Más tarde Chomjakov se ocupó mucho de los grandes pensadores del Occidente europeo. Admitía la gran superioridad cultural y civil de estos países «de grandes maravillas». Pero una cosa le sorprendía siempre: ¿por qué esta Europa tan adelantada permanece desesperadamente dividida, llena de conflictos internos?

Finalmente creyó encontrar una respuesta. Aquello que unía a su familia no era una ley, ni un sistema de convicciones, sino la persona viva de la madre que amaba. De esto se sigue una consecuencia inevitable. La gran familia de la humanidad, de todos los pueblos, puede ser eficazmente unida sólo por una persona viva, que quiere a todos, que siente y satisface las distintas necesidades de todos. Esta persona puede ser sólo divino-humana, es decir, Jesucristo, que es la cabeza de la Iglesia.

Y si alguien hiciera la objeción de que ahora está en el cielo, responderíamos que está vivo en su Iglesia, lo encontramos todos los días en la fe del pueblo y en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, donde está presente realmente bajo las especies de pan y vino. Por eso Chomjakov escribe:

«La Iglesia terrestre es la unidad de los hombres fieles realizada por el amor mutuo en el hombre Jesús, nuestro Salvador... El misterio de Cristo salvador de la humanidad es el misterio de la unidad y de la libertad en el Verbo encarnado». Si uno se pierde, se pierde siempre aislado. En cambio, si debe sal­varse, se salva en unión con los demás, en la Iglesia, en la cual «él ya no se encuentra en la debilidad de su aislamiento, sino en la fuerza de su unión espiritual e íntima con sus hermanos y con su Salvador».

 

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