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¿QUIEN ME ENSEÑARÁ?
He aquí una escenita que bien pudiera suceder: El director de una fábrica lleva a uno de sus obreros ante una nueva máquina que acaba de instalarse. Es enorme y complicada. El director dice al trabajador: «Te nombro encargado de esta máquina. Si haces un buen trabajo con ella, tendrás una bonificación de cinco mil euros a fin de año. Pero como es una máquina muy cara, si la estropeas, te echo a la calle. Ahí tienes un folleto que te explica la máquina. Y ahora, ¡a trabajar!» «Un momento -seguramente diría el obrero-. Si esto significa o tener un montón de dinero o estar sin trabajo, necesito algo más que un librillo. Es muy fácil entender mal un libro. Y, además, a un libro no se le pueden hacer preguntas. ¿No sería mejor traer a uno de esos que hacen las máquinas? Podría explicármelo todo y asegurarse de que lo he entendido bien.» Y sería razonable la petición del obrero. Igualmente, cuando se nos dice que toda nuestra tarea en la tierra consiste en «conocer, amar y servir a Dios», y de que nuestra felicidad eterna depende de lo bien que lo hagamos, podemos con razón preguntar: « ¿Quién me va a explicar la manera de hacerlo? ¿Quién me dirá lo que necesito saber?» Dios se ha anticipado a nuestra pregunta y la ha respondido. Y Dios no se ha limitado a ponernos un libro en las manos y dejar que nos apañemos con su interpretación lo mejor que podamos. Dios ha enviado a Alguien de la «Casa Central» para que nos diga lo que necesitamos saber para decidir nuestro destino. Dios ha enviado nada menos que a su propio Hijo en la Persona de Jesucristo. Jesús no vino a la tierra con el único fin de morir en una cruz y redimir nuestros pecados. Jesús vino también a enseñar con la palabra y el ejemplo. Vino a enseñarnos las verdades sobre Dios que nos conducen a amarle, y a mostrarnos el modo de vida que prueba nuestro amor.
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