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MANERAS DE MORIR

Todos los días se muere gente, rica y pobre, famosa y desconocida. Esta tarde, al enterrar a una sencilla mujer que como tantas otras de nuestros pueblos ha ido gastando anónimamente su vida día a día en el humilde servicio a los suyos y al Señor, me vinieron a la memoria muertes de personajes conocidos.

Deportistas famosos fallecidos en accidentes de tráfico. En unos instantes su fortaleza y habilidad física, claves del éxito, se vieron reducidas a un montón de carne y huesos inertes. Un magnate de la banca cuyo futuro prometedor se truncó en unos instantes. El dinero resultó totalmente inútil a la hora de intentar su salvación. Una bella actriz, cuya belleza marchitó la enfermedad y la muerte. El jefe de los narcos de Medellín, dueño de una inmensa fortuna fundada en el sucio y criminal tráfico de la droga, muerto acribillado por las balas. ¿Le mereció la pena todo su esfuerzo para llegar a un final así?

Todos sabemos lo caduca que es la vida y que ni la fuerza física, ni el poder, ni la belleza, ni el dinero tienen consistencia. Pero, a pesar de todo, siguen siendo los grandes móviles por los que se mueven muchos de los humanos. La muerte es triste. Pero, al menos, hace desaparecer las desigualdades de este mundo. Es verdad que unos mueren en un ambiente de publicidad, ocupando las primeras páginas de los medios informativos. Pero, en definitiva, ante la muerte todos somos iguales. Dios no juzga por las apariencias, sino por el corazón. Y es posible que se inviertan los papeles y que el que aquí figuraba entre los primeros, en presencia de Dios ocupe el último lugar.

¿Merece la pena tanta intriga, tanto egoísmo, tanta soberbia, tantas prisas y tanto estrés para que todo vaya a pique en unos instantes? ¿Tiene algún fundamento el orgullo humano y la autosuficiencia que prescinden de Dios como algo inútil? Si no aceptamos a Dios, sólo nos quedan dos posibilidades: o confianza en nosotros mismos (y ya sabemos a dónde conduce) o desesperación.

Hace algún tiempo me decía una persona: «un hombre de negocios como yo no puede perder el tiempo en cosas de religión». ¡Hay tantos que piensan así... ! Es triste ver morir a alguien. Pero, después de todo, cuando uno deja atrás, no una vida de gloria o de riquezas, sino un cúmulo de buenas obras, de amor a los demás, de fe y confianza en Dios, hasta tiene su encanto el morir. Y es que hay maneras de morir en las que la muerte tiene un amargo sabor de fracaso, pero otras de triunfo.

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