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LOS ÁRBOLES EN EL NUEVO TESTAMENTO En el Nuevo Testamento los árboles aparecen varias veces, bien como motivo de advertencias morales o como elementos del homenaje que Jerusalén tributa al Maestro ante la inminencia de la Pascua. En el lenguaje cortante del Bautista los árboles muestran las raíces al descubierto y en peligro. En los labios de Cristo el mensaje insiste, aunque lo expresa con un tono un poco más suavizado: «Todo árbol bueno da frutos buenos... Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego». Bajo un árbol vio Jesús a Bartolomé y tocó el corazón de Zaqueo que estaba subido a un sicómoro para verle pasar. Maldijo a la higuera estéril y olivos fueron testigos de su agonía. Antes de que tuviese comienzo la pasión, los árboles manifestaron al Redentor su gratitud por la atención recibida, haciendo más fastuosa su entrada en la ciudad santa. Una fastuosidad muy pequeña, como podía permitírsela un rey manso y humilde, a la que follajes y ramas dan color y vivacidad. Los evangelistas describen lo que sucedió por las calles de la ciudad. Jesús pasó más allá y supo comprender y agradecer en aquella verde alfombra extendida a lo largo de su paso, un anticipo de los aromas que se usarán para su sepultura. No sabemos en qué bosque fue abatido el árbol de cuya madera se hizo la cruz de Cristo, ni conocemos a qué especie pertenecía. Indudablemente, fue el árbol más privilegiado y más sagrado. Sirvió de altar del sacrificio redentor, se tiñó de la sangre de Cristo y se convirtió en reliquia venerada por el mundo entero. Del más completo anonimato, a la gloria más excelsa. La búsqueda y el hallazgo de la cruz forman parte de la historia y de la espiritualidad cristiana. Las distintas tradiciones dan testimonio de la piedad de todos los creyentes. Para los santos ha sido objeto de una devoción tierna y fuerte. Los pintores le han dado formas y dimensiones variadas. A nosotros nos dan ganas de cerrar los ojos y doblar las rodillas. Lo que estamos llamados a recoger no es un lamento de condolencia, sino un himno a la Vida que nos dio vida con su muerte, al Rey que, agonizando en un madero, construye allí su trono y en el lagar que recoge su sangre nos asegura purificación y salvación. Todos los árboles, sobre todo el rudo y áspero de la Cruz, no tienen un único perfume. Son más bien semejantes a un incensario humeante del que se elevan blancas volutas de incienso. Cada una tiene su fragancia y su misterio.
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