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LA SAGRADA ESCRITURA


        A veces se oye decir que el Cristianismo es una religión «del libro» como el Judaísmo y el Islam, o sea que las tres religiones tienen en común que se fundamentan en un libro sagrado (inspirado) por Dios: el Antiguo Testamento para los judíos, el Antiguo y el Nuevo Testamento para el Cristianismo, el Corán para el Islam.


        Caracterizar así el Cristianismo no es exacto. El centro de nuestra fe es la Palabra eterna, el Hijo de Dios que se hizo Dios por nuestra salvación. Jesucristo es nuestro libro viviente, la Palabra de Dios dirigida a los hombres.


        Dios reveló su Palabra gradualmente, teniendo en cuenta nuestra debilidad. Se inclinó a nosotros como un Padre se inclina hacia su hijo. Adaptó su Palabra a nuestra pequeña manera de entender.


        En el Antiguo Testamento habla a su pueblo a través de hombres santos: todo lo que hizo y dijo a través de sus enviados, los profetas, fue gradualmente recogido en varios libros que constituyen hoy el Antiguo Testamento. Finalmente Dios habló a los hombres a través de su Hijo. En Él, la Palabra eterna de Dios se expresa en palabras humanas.

 

        Lo que Jesús hizo y dijo ha sido transmitido por su discípulos de forma fiable y fidedigna ya que deseaban conducir a las gentes hacia Jesucristo, su amado Maestro, que los había reunido en torno suyo y había compartido con ellos su vida. Al principio seguramente los Apóstoles y sus discípulos transmitieron de viva voz lo que sabían de Jesús y lo que Él les había enseñado. Pronto empezaron a ponerlo también por escrito. Así nacieron gradualmente los Evangelios.

 

        La impresión dejada en ellos por las palabras, gestos, por la persona del Señor, era demasiado poderosa para ellos como para haber pensado en adaptarla a sus oyentes. Por eso la iglesia afirma sin duda la historicidad de los Evangelios cuya fiabilidad se basa en la credibilidad de los testigos y también en la obra del Espíritu Santo, autor principal. La Iglesia acepta como sagrados y canónicos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento de forma completa en todas sus partes. La Sagrada Escritura es formalmente celebrada en la liturgia como Palabra del Dios vivo. Es la Palabra de Dios expresada en lenguaje humano.

           Leemos en el Catecismo (n° 109) : «En la Sagrada Escritura, Dios habla al hombre a la manera humana, Para interpretar correctamente la Sagrada Escritura el lector debe estar atento a lo que los autores humanos realmente querían decir y a lo que Dios deseó revelarnos a través de sus palabras».

El Concilio cita un criterio principal para toda interpretación de la Escritura: «La Sagrada Escritura debe leerse e interpretarse a la luz del mismo Espíritu por el que fue escrita». Para entender correctamente la escritura debe leerse como inspirada por el Espíritu Santo. Eso quiere decir que debe leerse desde la fe ya que ha surgido desde la fe y da testimonio de la fe.

Esto exige en primer lugar atención precisa al «sentido literal» de la Sagrada Escritura: aquello que los sagrados autores quisieron expresar. Un buen conocimiento de la historia contemporánea -el pueblo judío, el paisaje, sus costumbres, sus condiciones sociales- ayudará mucho también.

Es útil prestar atención a los llamados «géneros literarios»: ¿Se trata de una parábola, una narración histórica, una oración profética? ¿En qué forma expresiva ha envuelto el autor su mensaje? ¿En qué situación ha escrito? ¿A quién especialmente se dirigía? Profundizar en todo esto es importante para captar los que los autores de la Sagrada Escritura deseaban expresar.

         La exégesis académica juega un papel irremplazable para facilitar la correcta intelección de la Escritura. Mas el puro análisis histórico y lingüístico no es suficiente. Estudio y fe han de ir de la mano si se quiere comprender el testimonio religioso de la escritura.

        Por eso el Concilio propone tres criterios:

        Estar atentos al contenido y unidad de toda la Escritura. Ninguna de sus partes se puede entender al margen de la totalidad.

        La Escritura debe leerse dentro de la tradición viva de la Iglesia. No somos los primeros en leerla. ¿Cómo se ha entendido la Escritura a en el curso de la larga experiencia religiosa de la Iglesia?

        Guardar atentos a la analogía de la fe que nos ofrece ayudas para la comprensión del mensaje. Las vidas de los santos son la más perfecta interpretación de la Escritura y sus milagros son ecos de los milagros evangélicos

 

  

C.S.

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