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LA PREGUNTA

«¿Por qué los cristianos creéis lo que creéis? ¿No te parece que la moral cristiana prescribe cosas sobre las que nada dijo Jesucristo?» Y muchas preguntas más. Me las. formulaba una amiga, buena persona, de buen corazón y mucho sentido común. No es creyente y deseaba conocer por qué creemos los que creemos.

Ante la gran pregunta del sentido de la vida y lo que la respuesta que demos implique en nuestra forma de vivir; creyentes y no creyentes -cada uno desde puntos de partida diferentes- podemos tomar tres actitudes: bloquear la pregunta si nos inquieta o creemos que responderla exigirá una reorientación de nuestra vida; encararla y buscar honestamente medios para resolverla, ser consecuentes con lo que encontremos; quedarnos en un estado indefinido. Esto último ocurre con frecuencia a los que vamos de cristianos por la vida: nos gustaría ser cristianos como quien lleva una pegatina sobre el mismo traje que usan los demás. Y a nuestro paso dejamos un reguero de contradicción que no ha hecho ni hace bien a los que creen ver en nosotros a los seguidores de Cristo. O a los que les conviene vernos así para tener un buen pretexto para acallar las preguntas que les formula su conciencia...

La fe es un regalo que hay que pedir humildemente a Dios cada día. Sin duda, hay motivos racionales para creer: Son lo suficientemente claros para el que busca la verdad y suficientemente oscuros para quien no la busca. Es el problema de la libertad humana. Jesucristo resucitó a Lázaro... ¡Y hubo quienes lo creyeron e incluso ese milagro les animó a asesinarle! Esta visto que ni el hecho más evidente concede automáticamente la fe si uno no quiere. Muchos -creyentes o no- evitamos pedir a Dios luz para nuestro espíritu porque cada uno a su manera teme ver lo que no le interesaría ver. Es como estar en un cuarto oscuro y no pedir a quien tiene la llave de la ventana que nos la abra por temor a que al iluminarse el cuarto encontremos suciedad y desorden Y nos veamos comprometidos a hacer limpieza y ordenar esa «habitación» que es nuestra vida. Creemos que ya nos va bien así. Pero de paso nos perdemos muchas maravillas que a causa de la oscuridad precisamente no vemos.

Confesó en su día el cardenal Newman: «Nunca he pecado contra la luz». Y es que creer en Dios y no pedirle conscientemente que ilumine nuestra vida más y más o cerrarle la ventana cuando la abre... tal vez sea el único y mayor pecado. Y nadie, nadie, está libre de cometerlo

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