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LA LECCIÓN DE CATECISMO

      El 18 de diciembre de 1944, en el Pacífico, tres destructores estadounidenses fueron sorprendidos por un tifón y se hundieron. El número de víctimas ascendió a cerca de mil hombres. Un superviviente, el marinero Orlando Trujillo refi­rió más tarde su historia:

     «El mar comenzó a encresparse y una galerna nos internaba cada vez más en el océano. Una ola gigante hizo volcar el barco, que en cinco minutos desapareció. Al encontrarme en el agua, comencé a rezar y ya no dejé de hacerlo. Para mí aquello era un infierno constante y estuve completamente sólo desde el momento en que fui arrojado del destructor hasta que me recogieron cuarenta y nueve horas más tarde.

»Pensé muchas cosas. De lo primero que estaba convencido era que me ahogaría inevitablemente. Nadie podía salvarse con un mar semejante. Recordé lo que el capellán nos dijo antes de dejar la base que si nos encontráramos en un lugar donde fuera imposible confesar, bastaba sencillamente hacer un acto de perfecta contrición. Si en mi vida hice algo perfecto, creo que fueron aquellos mil actos de contrición perfecta. Una y otra vez, repetía mis plegarias y, al transcurrir las horas y ver que tan pronto me sumergía como me hallaba de nuevo en la superficie, comencé a sentirme descorazonado.

A cuarenta o cincuenta pies dentro del agua la oscuridad y la negrura eran completas, me dolía la cabeza y tragaba gran cantidad de agua. Cuando mi cabeza se encontraba bajo el agua, vomitaba constantemente. Momentos después pensé en desprenderme de mi chaqueta salvavidas y librarme así de aquel suplicio, pero justamente cuando pensaba hacerlo recordé lo que me dijera la hermana que nos daba clase de catecismo los domingos en la escuela del Espíritu Santo, que, si una persona cometía suicidio deliberadamente, jamás iría al cielo. Eso me detuvo. Me sentí tentado por espacio de largo tiempo, y continué rezando y vomitando. Finalmente, la tempestad cesó.»Pasaron a los lejos barcos y aviones pero no me vieron a pesar de mis gritos. Me sentí enfermo y exhausto. Debido al sol abrasador, mi sed era angustiosa y ante ello recordé mil veces las palabras de la religiosa de la escuela dominical. No hubiera tenido que hacer sino desprenderme de la chaqueta salvavidas y mis tormentos hubieran terminado en el espacio de un segundo. Alguien en mi hogar debía estar rezando por mí. La noche me pareció interminable, pero, ya bien entrada la mañana, fui localizado y recogido.»

 

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