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LA FANTASÍA COMO FUGA Me confesaba seguidor compulsivo de la literatura y filmografía de ciencia-ficción. Sabía que mi imaginación es vehemente; que tal vez no me venía demasiado bien no sólo para el alma sino también para mi psiquismo. Pero nada. Devoraba libros, series televisivas, películas... Hasta que leí este artículo de José Luis Martín Descalzo que me cambió de todas todas. Te lo brindo.
La fantasía como fuga «Me escribe una desconocida amiga pidiéndome que hable alguna vez de los habitantes de otros planetas. A ella, por lo que me cuenta, le angustia la idea de si los terráqueos estaremos solos en el univerrso: si no habrá también otros humanos u otra especie de humanos en lejanos mundos; si estos seres habrán también pecado y, si han pecado, si habrán sido redimidos y por quién. Por lo que esta señora me cuenta, todos estos problemas rondan por su cabeza hasta obsesionarla. Me temo que la voy a decepcionar enormemente si le digo que todos esos asuntos a mí no me preocupan en absoluto, que apenas si me interesan, que me suscitan, cuando más, una cierta curiosidad en la que, desde luego, no estoy dispuesto a invertir demasiadas horas de mi tiempo. ¿Por qué? Por una razón muy sencilla: porque creo que hay demasiados problemas sangrantes y realísimos en torno nuestro para dedicarnos a sufrir por otros hipotéticos. Porque aunque me divertiría enterarme de si hay otra redención aparte de la nuestra, ya tengo bastante tarea con esforzarme para que la que Cristo trajo llegue a mí y a la gente que me rodea. Porque una de mis grandes preocupaciones es la de la gente que, preocupada por problemas que nunca podrá resolver, deja en la estacada aquellos en los que podría realmente colaborar. A veces, claro, también yo fantaseo sobre «posibilidades» y me pregunto qué tendríamos que hacer si, al llegar a Marte, nos encontrásemos allí con habitantes. Pero pienso en esto con la misma despreocupación con la que, en vísperas de Navidad, me advierto a veces fantaseando con ese premio gordo que sé perfectamente que no me ha de tocar. Ese premio es posible/imposible. Lo que no tolero es que el afán del pensamiento fantástico ocupe en mi cabeza más de esos pocos minutos en los que voy por la calle sin mayores cosas que pensar. Y es que, no se por qué, tengo la impresión de que la tentación de la fantasía como forma de fuga de la realidad se está adueñando de los seres humanos. Y está siendo explotada por algunos muy hábiles comerciantes. Desde hace algunos años, no ya lo fantástico, sino lo puramente fantasmagórico se ha adueñado de buena parte de los pensamientos humanos. En literatura triunfan las «historias interminables», los «zombies», los «hobbits» y demás monstruitos más o menos amables. En los cines y en la televisión privan las guerras de las galaxias, los «gremlims», las diversas variantes de marcianos, marcianitos y comparsas de otros planetas. Hasta en lo religioso hay quien prefiere inventados Cristos astronautas a los Evangelios. Nada nuevo, en rigor. Hemos sustituido a los enanitos de Blancanieves por pequeños monstruos verdes, pero seguimos en el camino del máximo infantilismo. Con una diferencia: que antes a Caperucita la destinábamos a la tarea de llenar los años infantiles, mientras llegaba la vida plena y verdadera, y ahora luchamos por prolongar a los adultos, no la infancia, sino el infantilismo; y no la fantasía creadora y poética, sino los más cursis recursos del «tebeo». En rigor, la gente siempre le ha tenido miedo a la realidad y ha preferido fugarse de ella a través del Coyote, de las novelas policiacas o de las historias de amor. Pero me parece que ese afán de fuga nunca ha sido tan evidente como ahora. Los propios cristianos caen con frecuencia en esa trampa cuando se dedican a fantasear sobre la vida eterna. Hay, incluso, quienes piensan -y dicen- que la verdadera función del cristiano no sería otra que «garantizarles» la eternidad. Y de ahí que muchos ateos acusen a los creyentes de «inventarse un Dios salvador porque no tienen el coraje de aceptar la vida que les rodea». Y se equivocan, claro, porque olvidan que Cristo dijo muy claramente que el reino de los cielos estaba ya «dentro de nosotros» y que si es muy importante el Dios que nos salvará al otro lado, no lo es menos el que nos llena ahora mismo si sabemos verle. Por todo ello, a mí me parece maravillosa la esperanza como fuerza que tira de nosotros hacia el futuro y con ello multiplica la intensidad del presente. Pero me parece desastrosa la fantasía como fuga, como morfina para que lo que nos rodea se nos haga menos doloroso. Un hombre puede permitirse algunos «descansillos» en la tarea de vivir. Pero lo que no puede es cegarse voluntariamente y vivir en otros planetas cuando es en éste donde tenemos que trabajar. A mí, al menos, me interesa mucho más el hambre en Etiopía que la guerra de las galaxias; más lo que mis vecinos desconocen de Cristo que el saber si él murió también en Urano; más lo que no comen los parados que lo que pudieran comer los hombrecitos verdes de las películas. La ciencia-ficción tiene mucha ficción y muy poca ciencia, muchos colorines y poco interés. Y me parece, en dosis masivas, una droga tan peligrosa como la heroína. Con la diferencia de que ésta se reparte con todas las bendiciones entre los ingenuos. |
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