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JESÚS Y NAZARETH

.«¿De Nazareth puede salir algo bueno?», diría Bartolomé cuando le invitaron a conocer a Jesús de Nazareth. Y es que esta pequeña ciudad galilea tenía mala lama. Cruce de caravanas, ciudad de paso: eran frecuentes en ella las disputas entre los caravaneros por el agua de los pozos.

Nazareth sufrió mucho en el correr de los siglos. Fue azotada con frecuencia por el ramalazo de la guerra, quedó destruida totalmente dos veces y saqueada sin compasión otras muchas. Jesús no vivió en una aldea de caramelo o bajo el resguardo de una ciudad-invernadero. Se hizo hombre como nosotros y como tal aceptó nuestras grandezas y debilidades. No temió ensuciarse sus sandalias con el polvo de nuestros caminos ni desvió su vida de los espectáculos tristes que protagonizamos los hombres.

Hasta el año 67 d. C. Nazareth gozó de envidiable paz. Ese año los judíos se rebelaron contra los romanos y Tito la tomó después de someterla a un riguroso sitio. Casi toda la población pagó con la vida el alzamiento.

El judío converso José de Tiberíades construyó en su suelo en el 335 los templos de la Anunciación y la Nutrición. La ciudad fue arrasada por los persas en 613. En el 775 la ocupó el emir musulmán de Damasco. Luego, en 1099 Tancredo y sus cruzados la ocuparon y reconstruyeron sus santuarios. En 1187 el generoso sultán Saladino la ocupó y no destruyó los templos respetando a los habitantes, cosa que no haría en 1263 Bibar de Egipto que destruyó todas las iglesias y monasterios. En 1551 el franciscano Bonifacio de Ragusa localizó las ruinas de las basílicas y se estableció allí con hermanos de su orden hasta el día de hoy.

Nazareth emerge en las colinas de la baja Galilea. Su llanura de Esdrelón fue campo de históricas batallas. Al fondo, se divisa el Carmelo con los imperecederos recuerdos del probeta Elías. Y al este la custodia el monte Gilead.

Es fue el panorama que a diario contempló Jesús en los días de su adolescencia y juventud desde su taller de artesano. Como lo verían entonces sus paisanos, que no sabían que Dios estaba entre ellos, viviendo como un trabajador más.

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